José de San Martin
[1778 - 1850]
La guerra no es más que una necesidad dolorosa.
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n el Yapeyu,
territorio de las antiguas misiones jesuitas, nació el 25 de Febrero de
1778 José de San Martin, “hombre
envuelto en el misterio”, que diría el historiador alemán Gervinus, y militar
extraordinario cuyas hazañas fueron dignas de un Washington o un Bonaparte.
Fue su padre don Juan de San Martin,
capitán español nacido en tierra leonesa, y la madre llevaba por linaje sangre
de conquistadores. Habíase criado el niño entre indios y mestizos, a la sombre
de palmas y urundayes, en aquella población misionera de la cual era su padre
teniente gobernador.
La Luz se apaga en el cielo. Soplos
de sombra cenicienta parecen entrar por la ventana de la casona con oficios de
palacio donde habita la familia. Una vieja mucama silenciosa va encendiendo los
velones que ilumina la estancia. El niño de tres años, apoyado en las rodillas
del padre, juguetea con el sable.
Solícita, la madre previene que el
chiquillo puede hacerse daño, más el capitán sonríe. Le agrada aquella precoz
inclinación del niño por las armas. “Será general”, piensa con orgullo mientras
se regodea en íntimas imaginaciones.
A este pequeño de ojos profundos,
guardianes celosos del secreto de su alma y “que casi nunca ríe”, le fascinan
las armas y los caballos. No será un maturrango y nadie superará su destreza en
el manejo del sable o de la lanza.
Seis años cuenta cuando la familia,
abandonando el Yapeyu, se traslada a Buenos Aires y, pasados dos más, parte
hacia España. Llegados a Madrid, ingresa el niño en el Seminario de Nobles,
donde aprende música, dibujo y retórica; recibe clases de baile, esgrima y
equitación, y algo de geografía, historia natura, física y matemáticas.
Aquello no es para él, y a los once
años sienta plaza de cadete en el regimiento de Murcia, vistiendo el uniforme
blanco y celeste, los mismos colores de la bandera que años más tarde paseará
victorioso por tierra americana.
La escasa edad no es obstáculo para
que el cadete intervenga en diversos combates. Pelea contra los moros en Melilla
y luego en Orán. Es un subteniente de
quince años cuando las tropas de Napoleón invaden España.
Este oficial adolescente toma parte
en las batallas de Bailén, Tudela, Albuera y Arjonilla, recibiendo como premio
a su heroísmo una condecoración y el grado de teniente coronel.
El general venezolano Francisco
Miranda había fundado en Londres una sociedad secreta llamada “Gran Reunión
Americana”. A ella estaba vinculada la de “Lautaro o Caballeros Racionales”,
con sede en la capital española, y cuyo fin era agrupar a todas las personas
nacidas en América dispuestas a trabajar por la liberación de las colonias
americanas. Entre sus miembros figura José De San Martin, teniente coronel del
glorioso regimiento de Sagunto.
Al estallar en Buenos Aires la
revolución del 5 de mayo de 1810, San Martin embarca con Alvear, el patriota
ambicioso, para ofrecer su espada a la insurrección naciente. El acto heroico
de renunciar al brillante porvenir que se le ofrecía en la madre patria no lo
supieron comprender en un principio los argentinos rebeldes, e inmediatamente
aparecen las sospechas y desconfían de él, creyéndolo espía de los españoles.
La fama de su arrojo y pericia
consigue vencer, finalmente, toda suspicacia. El Gobierno de los patriotas
acepta sus servicios en el grado de teniente coronel y le confía la
organización de un regimiento de granaderos a caballo.
Escoge los oficiales entre sus
amigos, todos gente de casta, y a los soldados entre los gauchos “de talla y
robustos”. Con Alvear, que es sargento mayor del regimiento, y con el peruano
Monteagudo, funda la logia secreta “Lautaro”, nombre del célebre caudillo
araucano que en tiempos de la Conquista murió en defensa de la libertad de su
pueblo. El fin de esta sociedad es “trabajar con plan y sistema por la
independencia de América y su felicidad, obrando con honor y procediendo con
justicia”.
El mismo enseña a los hombres de su escuadrón
el manejo del sable. Quiere “soldados de pies a cabeza”, disciplinados y
valientes. Dicta a los oficiales un severo código de honor, mostrándose
inflexible con los cobardes, así como con cuantos cometen trampas en el
juego, son capaces de divulgar un
secreto o no ayuden al compañero en peligro.
De este regimiento que con tanto
amos y cuidado va a formar el caudillo, surgirán más tarde diecinueve generales
y más de doscientos jefes y oficiales. Pero si, como buen militar, se muestra
severísimo en todo lo que atañe a la disciplina, no puede negársele una gran humildad.
Para San Martin, la guerra no es más que una necesidad dolorosa; por ello, una
vez terminada la batalla, jamás se negara a facilitar víveres frescos a sus
enemigos para alimento de los heridos y enfermos. Evitará siempre con todas sus
fuerzas todo derramamiento de sangre y toda crueldad inútiles, y hasta cuidara
de que al herrar la mula o el caballo lo hagan con piedad.
A propósito de sus sentimientos,
profundamente humanos, uno de sus biógrafos refiere la siguiente anécdota:
Encontrándose San Martin en Mendoza,
recibió en cierta ocasión la visita de un
oficial, habilitado de su regimiento. El oficial acude a él para rogarle
que le ayude a salvar su honor seriamente comprometido, y le confiesa que,
arrastrado por la pasión del juego, ha perdido una cantidad que le pertenece a
la caja del regimiento.
San Martin, sacando del bolsillo la
cantidad citada por el oficial, se la puso en las manos diciéndole:
-
Tome,
devuelva el dinero a la caja, y guarde bien el secreto que acaba de confiar al
ciudadano San Martin, porque si el general San Martin llegara a enterarse lo mandaría
fusilar en el acto.
“Sin disciplina no hay ejército”, y tampoco sin
valor, de ahí que “solo quiera leones en su regimiento”, y para probar la
valentía de sus oficiales los somete a asaltos y emboscadas, eliminando a todo
aquel que da muestras de cobardía.
Al llegar a Buenos Aires, San Martin tiene treinta
y cuatro años. Comienza a frecuentar algunos salones en la capital, y el que
con mayor asiduidad visita es el de la familia Escalada. Una de las hijas, María
de los Remedios, que aún no ha cumplido 15 años, se enamora del bizarro
militar. La diferencia de edad no es obstáculo para la boda, que tiene efecto
tres meses después. Esta hermosa y abnegada niña, que jamás disfrutara de la
felicidad de un hogar tranquilo, será una esposa fiel y entusiasta patriota,
dispuesta a ayudar a su esposo en todo momento.
El Gobierno revolucionario no contaba con más
fuerza para oponerse a los realistas que el ejército del Norte, al mando del general
Belgrano, en tanto que los españoles eran dueños de los mares, haciendo sentir
su dominio hasta en las márgenes del Plata y el Paraná.
En enero de 1813, el gobierno de los patriotas
tiene noticia de que los realistas preparan una expedición al Paraguay. San
Martin recibe orden de seguir a la escuadra por tierra y atacar cuando la
expedición desembarque. Oculto con su tropa en el convento de San Lorenzo,
espera al enemigo. Son ciento veinte hombres contra trescientos, pero los
granaderos del héroe de Arjonilla y Bailen son impacientes por demostrar el
provecho sacado de las lecciones del maestro. Siguiendo las órdenes de su jefe
se dividen en dos escuadras que, “a lanza y sable”, caen sobre los
desembarcados. Un casco de batalla hace rodar muerto al caballo de San Martin.
Preso bajo el caballo, no cesa de dar órdenes hasta que un grupo de realistas
se acerca dispuesto a matar al jefe caído, que se defiende como un bravo. Uno
de sus granaderos, le libra del caballo, y San Martin salva, pero el granadero,
que ha recibido en el lance dos heridas mortales, muere “contento porque han
vencido”.
El combate fue breve. Derrotados los realistas, los
patriotas regresan a Buenos Aires con la bandera enemiga, dos cañones y
cincuenta fusiles.
San Martin ha obtenido en San Lorenzo una doble
victoria: la derrota del enemigo que asolaba las riberas del Paraná, y la de
los ruines que le acusan de espía de los españoles.
Al finalizar aquel año, llegan a Buenos Aires
noticias alarmantes: el general Belgrano ha sido derrotado, y el Gobierno
encomienda a San Martin la misión de ir en su ayuda.
Por disposición del gobierno revolucionario, San
Martin se encarga de organiza el ejército del Norte. Una vez organizado, dentro
de la más estricta disciplina, traza sus propios planes. Para defender la
frontera - piensa- se bastan los gauchos. Cierto es que no saben manejar ni el
sable ni el fusil, pero no tienen rival tirando de lazo y en boleadoras y, por
si fuera poco, aman la libertad más que su propia vida.
En efecto, las previsiones de San Martin se
cumplen, y los gauchos, al mando de Güemes, desempeñan su papel a las mil
maravillas. Mientras, el coronel liberará a Chile para lanzarse luego hasta el
Perú. Como primera providencia pide al gobierno de Buenos Aires que le confíe el
gobierno de Cuyo y aquel accede a su petición. En tal destierro va a levantar
el general su fortaleza y desde allí hará sentir su benéfica influencia a toda América.
Con el ejército organizado en tan apartada región, ha de realizar el milagro de
cruzar los Andes. El héroe sueña y oye “la voz del destino que le llama”.
Una vez nombrado gobernador de Cuyo, San Martin
escribe a su mujer, que se halla en Buenos Aires con sus padres, para que venga
a vivir con él. Le va a ser muy útil para cultivar la amistad de las familias
cuyanas, cosa importante dentro de sus planes.
No tardan en granjearse – ambos esposos – las
simpatías de todas las clases sociales, desde los potentados hasta los
humildes. Y cual si fuera un cuartel, comienza la reorganización de la región.
San Martin reglamenta el trabajo haciendo desaparecer la desocupación y la
ociosidad. El mismo da ejemplo trabajando más que nadie. Conquista a todos y
llega a ser una especie de rey sin corona. A veces es un poco duro, pero todo
se lo perdonan. Saben que los rige con cariño y que persigue un fin nobilísimo.
Hace justicia guiándose del criterio natural. “Aquí
el único obispo soy yo - dice al cura - ; predíqueme que es santa la
independencia de América.” Y si la “chacarera” murmura de la patria, “que pague
una multa de diez docenas de calabazas para el rancho de los soldados”. Este
mismo sentido de la justicia le lleva a apropiarse del dinero destinado a una
redención de cautivos, pues ese dinero le servirá a él “para redimir a otros
cautivos”. Y hasta a una testamentaria le exige tributo, porque “¡más habría
dado el difunto para la revolución!”.
Trabaja de sol a sol y se dispone a formar el nuevo
ejército con idéntico brío con que formo a sus granaderos en Buenos Aires. Cuyo
salvará a América.
Cuando pide al Gobierno revolucionario dinero para
equipar su ejército, se le contesta que no hay dinero, recomendándole que
“pordiosee”. Lo único que pueden mandarle son cuatro mil frazadas, quinientos
ponchos, unas mil arrobas de “charqui”, doscientas tiendas de campaña y dos mil
sables.
¿Qué se puede hacer con esto? Sin embargo, San
Martin no se desanima. Confía en el pueblo, que lo dará todo.
Los padres ofrecen a sus hijos y las mujeres sus
joyas. “Tengo trescientos sables arrumbados en el cuartel - dice en una
proclama - . El que ame a la patria y al honor, que venga a tomarlos.”
Al siguiente dia cada sable será empuñado por un
valiente. Reduce los sueldos a la mitad, y el suyo primero. “El lujo y las
comodidades – dice – deben avergonzarnos”.
Personalmente cuenta las balas y las pistolas, crea
un laboratorio de explosivos y una maestranza que dirige un fraile inventor,
fray Luis Beltrán, nombrado coronel. Allí se fabrican cañones con las campanas,
puentes colgantes para atravesar los ríos, máquinas para subir los cañones
hasta las cimas de los montes, herraduras, rifles, bayonetas y sables.
También cuida de establecer un código militar y
crea un cuerpo médico y una academia para oficiales. Apenas sale el sol, acude
a entrenar a sus reclutas. Bebe en sus cantimploras, celebra sus proezas y les
infunde ánimo. Todo dentro de la mayor disciplina.
Hay una anécdota que pone de manifiesto el espíritu
de justicia que animaba a San Martin. Al crear el laboratorio de explosivos,
una de las primeras medidas fue disponer que ningún oficial entrase con él con
espuelas o botas claveteadas por temor a que la menor chispa que se pudiera
producir por el roce ocasionase una catástrofe. Un día, el propio San Martin se
presenta en la puerta del laboratorio calzado con espuelas pretendiendo entrar.
El centinela se opuso.
- ¡Pero si he sido yo quien ha dado la orden y la
puedo revocar!
- Hasta ahora no tengo otra orden, mi general.
El general no tuvo más remedio que cambiar sus botas
por un par de alpargatas.
Al ser relevado el centinela, San Martin lo manda
llamar, le felicita y, al darle la mano, le deja en ella una onza de oro.
Por este tiempo nace su hija Mercedes Tomasa, único
consuelo en su adversidad; la hija amada que le hará feliz en la vejez.
El ejército está ya listo, y San Martin reúne a la
oficialidad en un banquete donde brinda: “¡Por la primera bala que se dispare
contra los opresores de Chile, al otro lado de los Andes!”.
Divide a los seis mil hombres en cuatro columnas y
se lanza sobre la cordillera. Dos en medio y una en cada flanco. Delante, el
fraile coronel con su grupo de barreteros, piqueta al hombro, llevando toda la
maquinaria y los veintiún cañones.
Imponente, majestuoso, se alza el Aconcagua con su
blanca corona de nieves.
Por fin llegan a Chacabuco, lugar de concentración de
todos los patriotas, en las cercanías del camapamento enemigo.
Soler por un lado y el chileno O´Higgins por el
otro, trepan la cuesta. Detrás, San Martin con su estado mayor. “Nada de
apresuramientos, ni de iniciativa propia. ¡Obediencia!”, ordena el jefe.
Algunas refriegas en las avanzadas ponen en fuga a
los realistas. El chileno, ansioso, se precipita a perseguir a los españoles. A
punto esta de comprometerlo todo, pero la intervención de San Martin convierte
lo que ha podido ser un desastre en una aplastante victoria.
La capital argentina acoge la noticia con
entusiasmo delirante, y en Chile, la derrota realista se celebra con grandes júbilos
y fiestas. San Martin renuncia a todos los honores que se le ofrecen. Tan solo
le interesa el mando de las fuerzas en el ejército mixto de chilenos y
argentinos, que se propone organizar para la marcha sobre el Perú.
Pocos días después de la victoria de Chacabuco, el
general se presenta en Buenos Aires de incógnito, para que “nadie crea que va a
recoger los laureles del triunfo”.
Se le asciende a brigadier general y no acepta.
Rechaza todo agasajo y todo honor e insiste en que lo único que desea son
soldados, armas, dinero para equiparlos y barcos. Quiere tomar Lima por tierra
y por mar. Quiere rendir al Perú, último baluarte realista. “¡Mientras no
tengamos Lima, la guerra no acabará!”.
El Gobierno tiene miedo. Han salido de Cádiz veinte
mil soldados españoles. “¡Bah! - exclama el general -. ¡Fantasmas para
asustarnos!”. Y no toma en cuenta las indicaciones que recibe. Es más,
desobedece. Luego, cuando su estrella decline, querrán agarrarse a esta
desobediencia para juzgarlo.
El 20 de agosto de 1820 zarpa de Valparaíso la
escuadra libertadora del Perú. San Martin, generalísimo de la expedición,
entrega el mando de la flota a lord Cochrane.
Más que armas, la empresa requiere astucia e
inteligencia. Ambas cosas sobran a San Martin. Por otra parte, no es su meta la
gloria militar, sino liberar al Perú y, a poder ser, sin derramamiento de
sangre.
Sus deseos se cumplen, y en general, por disposición
de la logia “Lautaro”, que “gobierna al propio Gobierno”, se hace cargo del Perú
con el cargo de Protector. San Martin ha aceptado el sacrificio “para que el país
no se vea envuelto en la anarquía”.
Con la diligencia que lo caracteriza,
principia su labor de gobernante. Más al poco tiempo tiene que enfrentarse a la
tropa realista que marcha sobre Lima. La dispersa y toma, además, la fortaleza
del Callao.
Tal como lo había anticipado, San
Martin permanece un año al frente del Gobierno del Perú. Durante este tiempo
restablece la libertad de comercio, reorganiza la hacienda y el comercio,
procede a abolir las leyes que imponen a los indios a la servidumbre y dicta
numerosas leyes en bien de la nación.
Después de la famosa conferencia con
Bolívar en Guayaquil, San Martin se despoja de su banda blanca y roja ante el
Congreso Nacional. El digno silencio que se mantiene da lugar a que calumnias
de todo género se ceben en él. La verdad es que el Perú se lo deja a Bolívar, “que
se lo ha ganado por la mano”, y él no quiere conflictos ni escándalos.
Quienes hasta hace poco aclamaban y bendecían
su nombre, ahora le aborrecen. No son capaces de ver que en la desgracia
muestra una grandeza mayor y más segura “que la que en vano pretendió con la ambición”.
San Martin, considerando cumplida su
misión, se retira. Se retira perdonando a quienes le injurian, refugiándose en
su “querida Mendoza”. Allí se propone instalarse con su esposa y su hija para
dedicar sus últimos años a la agricultura y la vida sosegada.
Cuando se dispone trasladarse a
Buenos Aires para recoger a la familia, el gobernador de Santa Fe le comunica
que en la capital le esperan para juzgarle. Dias después recibe la dolorosa
noticia de que su esposa ha muerto.
A pesar de las advertencias, se
presenta en Buenos Aires en busca de su hija para irse a Europa. No teme que le
enjuicien, y si lo hicieran, “Buenos Aires es la cuna de la libertad y hará
justicia”.
Se le recibe con indiferencia, más
nadie se atreve a juzgarlo. Durante el poco tiempo que permanece allí,
construye un sepulcro a su esposa en el que hace grabar la siguiente inscripción:
“Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martin.”
Con su hija, se establece en
Bruselas, dedicándose por completo a la educación de esta. Vuelve en 1828 a la
patria porque quiere terminar sus días en ella. Y encuentra que “sus hijos”,
aquellos mismos oficiales que el adiestro, están empeñados en lucha fratricida.
Lleno de dolor y tristeza retorna a Europa, y muere en Boulogne-sur-Mer, en su sillón
de brazos, frente al mar, con la calma del justo y la serenidad majestuosa de
las montañas andinas, testigos tantas veces de sus hazañas. – José RAMON ARANA.
BIBLIOGRAFIA
Bartolomé Mitre:
La Historia de San Martin.
Ricardo
Rojas: El Santo de la espada.

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