domingo, 29 de noviembre de 2015



Bernardo  O´Higgins
[1776 - 1842]


Su ambición no fue la bastarda de gobernar por gobernar.

Constituía Chile una de las cuatro capitanías que la administración española había establecido en América. Para el año crucial de 1810, su clase prepotente era una aristocracia terrateniente, dueña de casi toda la riqueza natural y del comercio. La mayoría de la población estaba sometida a servidumbre rural o inquilinaje y el régimen de mayorazgo permitía la supremacía económica de unas cuantas familias de origen español.

Dieciocho mayorazgos, con diez o doce títulos de Castilla, componían la Capitanía. La provincia de Santiago contaba con ciento setenta y tres propiedades rusticas y en la de Melipilla no se contaban más de veinticuatro propiedades.

El movimiento revolucionario que se produce a raíz de la invasión francesa a España va a ser acaudillado por esta aristocracia terrateniente y apoyada por la vasta masa rural, que se convertirá en el ejército de la revolución.

Un pequeño grupo de aristócratas se van a constituir en los caudillos intelectuales de la separación. Don José Antonio Rojas, mayorazgo, sostenía que “la España es la porción mas abandonada y despreciable de Europa”, e introdujo la Enciclopedia y las obras de Montesquieu, contribuyendo a vulgarizarlas. Don Juan Martínez de Rozas, abogado notorio, antiguo asesor de Concepción, escribe un Catecismo político que vino a ser la biblia del nuevo movimiento. En una forma rotunda, el Catecismo niega autoridad a la Junta Suprema de España para gobernar a la América: “Los habitantes y provincias de América no han jurado fidelidad, ni son vasallos o dependientes de los habitantes y provincias de España; los habitantes y provincias de España no tienen, pues, autoridad, jurisdicción ni mando sobre los habitantes y provincias de América; ellos y ellas no han podido trasladar a la Junta Suprema una autoridad que no tienen; la Junta Suprema no ha podido, pues, mandar legalmente en América”. Don Bernardo Vera y Pintado, catedrático de la Universidad, declaraba que “nuestra mayor felicidad debía consistir en la independencia a la que todos debíamos aspirar”. El abate Camilo Henríquez sostenía su doctrina separatista en el derecho canónico. “Los contratos - afirmaba - deben hacerse en la posibilidad de cumplir recíprocamente sus deberes. Si no, las cosas vuelven al momento antes del contrato. Imposibilitado Fernando VII de cumplir con el pacto social que tenía con sus súbditos, estos recobran su soberanía.” Don Juan Agaña, exponente del pensamiento unionista, propugna una alianza general americana; don Manuel Salas, quien, como síndico del Consulado, había redactado la Representación de 1796, donde resumía las aspiraciones económicas de los criollos chilenos.

Los caudillos militares saldrán también de las filas de la oligarquía agraria. Don José Miguel Carrera pertenecía a una de las más encopetadas familias chilenas. Su padre era cabildante y formo parte después de la primera Junta de Gobierno. Don José Miguel había hecho su carrera militar en España, donde se distinguió en la lucha contra los franceses, alcanzando el grado de sargento mayor de los húsares de Galicia. “Allí –dice un comentarista- demostró que poseía todas las cualidades necesarias para un asalto al poder público.” Sus hermanos Juan José y Luis lo secundaban en sus propósitos radicales.

El otro es don Bernardo O´Higgins, llamado en sus comienzos Bernardo Riquelme, era hijo de don Ambrosio O´Higgins, intendente de Concepción y más tarde virrey del Perú, y de una doncella de Concepción, de nombre Isabel Riquelme. Recibió O´Higgins una esmerada educación. Enviado a Londres, entro en contacto con el grupo revolucionario que, agrupado en logias, dirigía el venezolano Francisco de Miranda, precursor de la Independencia americana. A su regreso a Chile se posesiona en Canteras, gran hacienda, herencia de su padre, y se vincula en Concepción a la tertulia revolucionaria de Don Juan Martínez Rozas, teórico del movimiento separatista. Llevo a su país nativo todas las inquietudes de su tiempo, pero atenuadas por una concepción de ejecutivo fuerte y por un sentido del orden, fruto, quizá, de su disciplina intelectual británica.

El movimiento revolucionario chileno se inicia cuando el capitán general, don Juan Francisco García Carrasco, con el objeto de hacerle frente a la opinión pública, que propugnaba un cambio de gobierno, encarcelo y deporto a los señores José Antonio Rojas, don Juan Antonio Ovalles y doctor Bernardo Vera y Pintado. Este hecho provocó la cólera de la nobleza terrateniente chilena, herida en tres de sus miembros principales. Desde el Cabildo protestaron contra tal medida. Carrasco vacilo y ordeno la restitución de los presos. Ya era tarde. Estos navegaban hacia Lima. Un movimiento público, comandado por los oligarcas, culmino con la deposición de García Carrasco y la formación de una Junta de Gobierno presidida por el octogenario don Juan Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista.

El gobierno del conde de la Conquista reconoció el gobierno del Consejo de Regencia de España. Esto provoco el descontento de los partidarios del gobierno propio y se formó otra Junta, cuyo principal animador fue don Juan Martínez de Rozas, conocido por su clara tendencia separatista.

Martínez de Rozas, virtualmente el jefe del movimiento, tomo medidas audaces, tales como abrir los puertos de Valparaíso, Talcahuano y Coquimbo  al libre comercio y disolver la Real Audiencia, sustituyéndola por una Corte Suprema de Justicia, tomándose así atribuciones hasta entonces potestativas de la monarquía.

El 4 de Julio de 1811 se reunió el Congreso que debía legitimar la situación. Allí predomino la tendencia moderada, y trece representantes de la tendencia radical se separaron de él. El Congreso, sin hacer caso de esa protesta, nombro una Junta de Gobierno compuesta de tres miembros, encargada del Poder Ejecutivo.

Martínez de Rozas, disgustado, se retiró a Concepción, donde logro la instalación de una Junta de Gobierno que contrarrestase el poder de la de Santiago. En la Junta de Concepción dominaban ampliamente los radicales.

El triunvirato de Santiago sucumbió ante un movimiento insurreccional, encabezado por don José Miguel Carrera, quien, disgustado porque no creyó que se le recompensaba como merecía, dio un segundo golpe y formo un triunvirato compuesto por Martínez de Rozas, don Gaspar Marín y el. El Congreso no se plegó a Carrera y Martínez de Rozas no quiso reconocerlo. Entonces Carrera disolvió el Congreso y asumió el poder absoluto.

Chile se encontró con do Gobiernos: el de Santiago, absolutista, representado por Carrera, y el de Concepción, donde dominaba el doctrinarismo. Las dos tendencias no tardaron en enfrentarse. Martínez de Rozas sucumbió a una cuartelada, y desterrado a Mendoza murió pocos meses después.

Carrera tuvo que justificar su absolutismo. El Congreso disuelto había declarado libres a los hijos de los esclavos y prohibido el comercio de negros. Esto lo obligo a abrir escuelas gratuitas y a dictar un decreto (octubre de 1812) por el cual dispuso que no se reconocería ninguna autoridad que no residiese en territorio chileno. Era, prácticamente, la consumación de la independencia.

La reacción española no se hizo esperar. El virrey del Perú envió al brigadier don Antonio Pareja a combatir a los revolucionarios. Carrera no estuvo a la altura de la situación. En uno de los encuentros tuvo que abandonar sus tropas. El ejército fue confiado a don Bernardo O´Higgins, quien logro rechazarlos. Confiaba en expulsar al enemigo, cuando recibió órdenes de tratar con él.

Como consecuencia de las negociaciones se firmó el 3 de mayo de 1814 el convenio conocido con el nombre de Tratado de Lircay. Por él, los patriotas reconocían al rey de España, pero conservarían el derecho a gobernarse y las tropas expedicionarias abandonarían el territorio chileno.

Este tratado, impopular en Chile, devolvió a los Carrera su prestigio. José Miguel Carrera, el 22 de julio de 1814, dio un nuevo cuartelazo y se adueñó nuevamente del poder. Ante él se levantaba el ejército de O´Higgins. Un pequeño choque en el rio Maipo se inclinó a favor de Carrera. La guerra civil no impidió la desaprobación que del Tratado hizo el virrey del Perú y él envió de una fuerza expedicionaria al mando de don Mariano Osorio. O´Higgins, patrióticamente, acepto la jefatura de Carrera y se produjo la reconciliación, pero subsistieron los resentimientos entre ambos jefes y sus soldados.

Acordaron los dos jefes que O´Higgins resistiría a los españoles en Rancagua, mientras Carrera se presentaría con tropas frescas para coger al enemigo entre dos fuegos. O´Higgins resistió con heroísmo. Ante la ausencia del ejército de Carrera, que debería presentarse al despuntar la aurora y contando solo con 300 soldados, O´Higgins se abrió paso a filo de sable.

Este hecho dividió más a los dos jefes. Los partidarios de Carrera acusaban de todos los males al Tratado de Lircay, firmado por O´Higgins. Los de O´Higgins llegaron hasta aventurar que Carrera obro premeditadamente al no socorrer a su rival en Rancagua, para que sucumbiera. Esta acusación monstruosa implicaba que Carrera hubiera querido ver perdido con O´Higgins a su propio hermano Juan José.

La noticia del desastre llego a Santiago y provoco una emigración de los comprometidos, quienes, transponiendo los Andes, se asilaron en la provincia argentina de Cuyo.

Con la batalla de Rancagua (1° de octubre de 1814) termino la primera etapa de la revolución chilena, conocida con el nombre de la Patria Vieja.

Gobernaba la provincia de Cuyo el general José de San Martin. Entre sus proyectos estaba lanzar una ofensiva contra las fuerzas españolas del virreinato del Perú, centro de la resistencia. Convencido de que por el Alto Perú era imposible la ofensiva, concibió la idea del ataque directo: cruzar la cordillera de los Andes y con la cooperación chilena y la formación de una escuadra llegar por mar hasta el Perú.

La caída de la Patria Vieja retardo sus planes. Los emigrados quisieron revivir sus viejas rencillas. San Martin dio su apoyo a O´Higgins y expulso a los Carrera de Mendoza.

San Martin organizo su expedición a Chile en una forma exacta. Además, los guerrilleros chilenos, entre los cuales se destacaba por su audacia el joven abogado chileno Manuel Rodríguez, constituían un invalorable aliado.

En enero de 1817 inicio la invasión el general San Martin. Una de las divisiones estaba comandada por O´Higgins.

El gobernante español Marco del Pont, viéndose amenazado por varios puntos, dividió sus tropas. El 12 de febrero de 1817 fuerzas independientes vencieron a las españolas en Chacabuco, marcándose así no solo la independencia de Chile, sino el declinar del poderío español en el sur. San Martin lograba su ansiada base de operaciones marítimas para operar sobre el Perú.

El 14 de febrero entraron los vencedores a Santiago. Un Cabildo abierto ofreció a San Martin la jefatura de Chile. Este, hábilmente, declino la oferta, recayendo entonces el mando en O´Higgins, quien fue proclamado Director Supremo.

Un año después, en el aniversario de Chacabuco, se proclamó la independencia chilena. O´Higgins no convoco Congreso para la celebración de ella temiendo discordias, por lo que puso en práctica un original sistema plebiscitario. Mando que en todos los cuarteles se abriesen dos registros, en uno de los cuales votasen los que estuvieses por la declaración de independencia y en el otro los de opinión contraria. Como era de esperarse, lo registros arrojaron una abrumadora mayoría independentista.

El gobierno español del Perú  destaco al antiguo reconquistador de Chile, Mariano Osorio. Este logro en un comienzo sorprender al ejército chileno-argentino en Cancha Rayada, pero no tardó en ser batido completamente en Maipo el 5 de Abril de 1818.

Fruto de Maipo fue la alianza chileno-argentina para terminar con la dominación española en el Perú. Chile contribuía, además, con una escuadra al mando del célebre marino ingles Tomas Alejandro Cochrane, quien barrio de españoles las aguas del Pacifico.

O´Higgins gobernó desde el 14 de febrero de 1817 hasta el 28 de enero de 1823. Este periodo es conocido en la historia chilena con el nombre de Dictadura. O´Higgins tuvo que hacer frente a la insurrección de Benavides, uno de los últimos caudillos realistas, y también al peligro que representaban los Carrera. El más notable de ellos, José Miguel, intento reconquistar el poder. Hecho prisionero, fue fusilado en Mendoza el 4 de septiembre de 1821. Con su muerte se consolidaba la jefatura de O´Higgins.

O´Higgins gobernó de acuerdo con la orientación política de la logia Lautaro, filial de la de Buenos Aires. En 1818, con el objeto de tranquilizar a la opinión pública nombró una comisión de siete miembros para que realizase un proyecto de Constitución política. La Carta constitucional que fue aprobada legalizo la política de O´Higgins. Se adoptó la religión católica como religión del Estado; el Poder Ejecutivo estaría a cargo del Director Supremo; se creaba un senado compuesto por cinco miembros electos por el Director. Las facultades discrecionales concedidas al Director dieron a la autoridad un carácter absoluto, acentuado por la orientación conservadora que le imprimió O´Higgins.

La obra de O´Higgins fue fructífera. Republicano convencido y dictador por el imperio de las circunstancias, atendió en todo momento al bien público. No respetando siempre los principios básicos de la democracia, puede considerarse como un organizador. La hacienda pública, en plena bancarrota, fue organizada; suprimió los títulos nobiliarios y fomento la agricultura y la minería; durante su gobierno Brasil y México reconocieron la independencia de Chile y firmo tratados de alianza con Perú y Colombia.

El gobierno de O´Higgins no fue popular. Una serie de factores contribuyeron a ello. La hostilidad del clero y de la oligarquía agraria, desposeídos de privilegios seculares; la miseria rural, el descontento de los soldados mal pagados y la prolongación de la guerra en Perú, acentuaron su impopularidad.

La posición de O´Higgins contribuía al descontento. En conflicto con el Senado termino por ignorarlo. Reunió una Convención, no electa popularmente, que se declaró legislativa y se avoco a la redacción de una Constitución inspirada en la de Cádiz de 1812. Esta constitución, promulgada el 30 de octubre de 1822, recogía el pensamiento cesarista de O´Higgins. Su dictadura quedaba prorrogada por diez años; el pueblo no tenía acceso directo a las funciones del gobierno; el Director tenía derecho a escoger a su sucesor.

La Constitución precipito la crisis. La orgullosa oligarquía agraria, viéndose sometida a tutelaje, se dio a la tarea de buscar un caudillo militar. Lo encontró en el general Ramón Freire, jefe de la provincia de Concepción, quien desconoció la Constitución y repudio la jefatura de O´Higgins. Lo secundó Coquimbo. O´Higgins quiso pactar, pero la revolución alcanzó al propio Santiago, donde los notables acudieron a la tradicional formula del Cabildo abierto para pedirle la renuncia. O´Higgins se presentó ante el Cabildo y despojándose de la banda presidencial pidió que se le enjuiciara por los actos de su gobierno. El Cabildo le rindió homenaje supremo. Un espontaneo “¡Viva O´Higgins!” se oyó de todas las bocas y los concurrentes le formaron guardia de honor. Este hidalgo proceder fue repudiado por los militares del sur. Sometido a juicio de residencia, que termino felizmente, O´Higgins quedo en libertad para dirigirse al Perú.

Objeto de múltiples controversias ha sido la gestión gubernamental de O´Higgins. Sin embargo, para explicar su actitud hay que tener en cuenta que en cuestiones de gobierno adhería a los principios aristocráticos del precursor Miranda, su iniciador, y a los del general San Martin. Además, tenía la arraigada convicción de que solo un gobierno fuerte podía preservar a la Republica de la anarquía, consolidar la independencia y sentar las bases de la democracia.

Su ambición no fue la bastarda de gobernar por gobernar. Se sabía superior en capacidad y desinterés republicanos a la mayoría de sus contemporáneos chilenos, y esto lo llevo a asumir ante la historia toda la responsabilidad, que pudo descargar en poderes deliberantes sometidos a su influjo. Así lo comprendieron los patricios chilenos al rendirle el homenaje al que tenía derecho, cuando se despojó de la investidura. Y así lo reconoce Chile al ligar su nombre a la épica jornada emancipadora y a los primeros esfuerzos por liquidar la estructura colonial.

Murió en el Perú a los diecinueve años de exilio (1842). Durante él, como su compañero de ideales y de armas San Martin, mantuvo un decoroso silencio. Pidió para sus sucesores la protección del Cielo y contribuyo  con su omisión al desarrollo institucional de Chile. – J. M. SISO MARTINEZ.

BIBLIOGRAFIA

Historia de América, publicada bajo la dirección de Ricardo Levene.
Historia de América: Carlos Pereira.
Historia de América: J.M. Siso Martínez.
Nacimiento de la República de Chile: Domingo Amunategui Solar.
Fisonomía histórica de Chile: Jaime Eyzaguirre.

Las ideas políticas de Chile: Ricardo Donoso.

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