Bernardo O´Higgins
[1776 - 1842]
Su ambición no fue la bastarda de gobernar por
gobernar.
Constituía
Chile una de las cuatro capitanías que la administración española había
establecido en América. Para el año crucial de 1810, su clase prepotente era
una aristocracia terrateniente, dueña de casi toda la riqueza natural y del
comercio. La mayoría de la población estaba sometida a servidumbre rural o
inquilinaje y el régimen de mayorazgo permitía la supremacía económica de unas
cuantas familias de origen español.
Dieciocho
mayorazgos, con diez o doce títulos de Castilla, componían la Capitanía. La
provincia de Santiago contaba con ciento setenta y tres propiedades rusticas y
en la de Melipilla no se contaban más de veinticuatro propiedades.
El
movimiento revolucionario que se produce a raíz de la invasión francesa a
España va a ser acaudillado por esta aristocracia terrateniente y apoyada por
la vasta masa rural, que se convertirá en el ejército de la revolución.
Un pequeño grupo de aristócratas se van a constituir en los caudillos intelectuales de la separación. Don José Antonio Rojas, mayorazgo, sostenía que “la España es la porción mas abandonada y despreciable de Europa”, e introdujo la Enciclopedia y las obras de Montesquieu, contribuyendo a vulgarizarlas. Don Juan Martínez de Rozas, abogado notorio, antiguo asesor de Concepción, escribe un Catecismo político que vino a ser la biblia del nuevo movimiento. En una forma rotunda, el Catecismo niega autoridad a la Junta Suprema de España para gobernar a la América: “Los habitantes y provincias de América no han jurado fidelidad, ni son vasallos o dependientes de los habitantes y provincias de España; los habitantes y provincias de España no tienen, pues, autoridad, jurisdicción ni mando sobre los habitantes y provincias de América; ellos y ellas no han podido trasladar a la Junta Suprema una autoridad que no tienen; la Junta Suprema no ha podido, pues, mandar legalmente en América”. Don Bernardo Vera y Pintado, catedrático de la Universidad, declaraba que “nuestra mayor felicidad debía consistir en la independencia a la que todos debíamos aspirar”. El abate Camilo Henríquez sostenía su doctrina separatista en el derecho canónico. “Los contratos - afirmaba - deben hacerse en la posibilidad de cumplir recíprocamente sus deberes. Si no, las cosas vuelven al momento antes del contrato. Imposibilitado Fernando VII de cumplir con el pacto social que tenía con sus súbditos, estos recobran su soberanía.” Don Juan Agaña, exponente del pensamiento unionista, propugna una alianza general americana; don Manuel Salas, quien, como síndico del Consulado, había redactado la Representación de 1796, donde resumía las aspiraciones económicas de los criollos chilenos.
Los
caudillos militares saldrán también de las filas de la oligarquía agraria. Don José
Miguel Carrera pertenecía a una de las más encopetadas familias chilenas. Su
padre era cabildante y formo parte después de la primera Junta de Gobierno. Don
José Miguel había hecho su carrera militar en España, donde se distinguió en la
lucha contra los franceses, alcanzando el grado de sargento mayor de los húsares
de Galicia. “Allí –dice un comentarista- demostró que poseía todas las
cualidades necesarias para un asalto al poder público.” Sus hermanos Juan José
y Luis lo secundaban en sus propósitos radicales.
El otro es don
Bernardo O´Higgins, llamado en sus comienzos Bernardo Riquelme, era hijo de don
Ambrosio O´Higgins, intendente de Concepción y más tarde virrey del Perú, y de
una doncella de Concepción, de nombre Isabel Riquelme. Recibió O´Higgins una
esmerada educación. Enviado a Londres, entro en contacto con el grupo
revolucionario que, agrupado en logias, dirigía el venezolano Francisco de
Miranda, precursor de la Independencia americana. A su regreso a Chile se
posesiona en Canteras, gran hacienda, herencia de su padre, y se vincula en Concepción
a la tertulia revolucionaria de Don Juan Martínez Rozas, teórico del movimiento
separatista. Llevo a su país nativo todas las inquietudes de su tiempo, pero
atenuadas por una concepción de ejecutivo fuerte y por un sentido del orden,
fruto, quizá, de su disciplina intelectual británica.
El movimiento
revolucionario chileno se inicia cuando el capitán general, don Juan Francisco García
Carrasco, con el objeto de hacerle frente a la opinión pública, que propugnaba
un cambio de gobierno, encarcelo y deporto a los señores José Antonio Rojas,
don Juan Antonio Ovalles y doctor Bernardo Vera y Pintado. Este hecho provocó
la cólera de la nobleza terrateniente chilena, herida en tres de sus miembros
principales. Desde el Cabildo protestaron contra tal medida. Carrasco vacilo y
ordeno la restitución de los presos. Ya era tarde. Estos navegaban hacia Lima.
Un movimiento público, comandado por los oligarcas, culmino con la deposición de
García Carrasco y la formación de una Junta de Gobierno presidida por el
octogenario don Juan Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista.
El gobierno
del conde de la Conquista reconoció el gobierno del Consejo de Regencia de
España. Esto provoco el descontento de los partidarios del gobierno propio y se
formó otra Junta, cuyo principal animador fue don Juan Martínez de Rozas,
conocido por su clara tendencia separatista.
Martínez de
Rozas, virtualmente el jefe del movimiento, tomo medidas audaces, tales como
abrir los puertos de Valparaíso, Talcahuano y Coquimbo al libre comercio y disolver la Real
Audiencia, sustituyéndola por una Corte Suprema de Justicia, tomándose así
atribuciones hasta entonces potestativas de la monarquía.
El 4 de Julio
de 1811 se reunió el Congreso que debía legitimar la situación. Allí predomino
la tendencia moderada, y trece representantes de la tendencia radical se
separaron de él. El Congreso, sin hacer caso de esa protesta, nombro una Junta
de Gobierno compuesta de tres miembros, encargada del Poder Ejecutivo.
Martínez de
Rozas, disgustado, se retiró a Concepción, donde logro la instalación de una
Junta de Gobierno que contrarrestase el poder de la de Santiago. En la Junta de
Concepción dominaban ampliamente los radicales.
El triunvirato
de Santiago sucumbió ante un movimiento insurreccional, encabezado por don José
Miguel Carrera, quien, disgustado porque no creyó que se le recompensaba como merecía,
dio un segundo golpe y formo un triunvirato compuesto por Martínez de Rozas,
don Gaspar Marín y el. El Congreso no se plegó a Carrera y Martínez de Rozas no
quiso reconocerlo. Entonces Carrera disolvió el Congreso y asumió el poder
absoluto.
Chile se encontró
con do Gobiernos: el de Santiago, absolutista, representado por Carrera, y el
de Concepción, donde dominaba el doctrinarismo. Las dos tendencias no tardaron
en enfrentarse. Martínez de Rozas sucumbió a una cuartelada, y desterrado a
Mendoza murió pocos meses después.
Carrera tuvo
que justificar su absolutismo. El Congreso disuelto había declarado libres a
los hijos de los esclavos y prohibido el comercio de negros. Esto lo obligo a
abrir escuelas gratuitas y a dictar un decreto (octubre de 1812) por el cual
dispuso que no se reconocería ninguna autoridad que no residiese en territorio
chileno. Era, prácticamente, la consumación de la independencia.
La reacción española
no se hizo esperar. El virrey del Perú envió al brigadier don Antonio Pareja a
combatir a los revolucionarios. Carrera no estuvo a la altura de la situación.
En uno de los encuentros tuvo que abandonar sus tropas. El ejército fue
confiado a don Bernardo O´Higgins, quien logro rechazarlos. Confiaba en
expulsar al enemigo, cuando recibió órdenes de tratar con él.
Como consecuencia
de las negociaciones se firmó el 3 de mayo de 1814 el convenio conocido con el
nombre de Tratado de Lircay. Por él, los patriotas reconocían al rey de España,
pero conservarían el derecho a gobernarse y las tropas expedicionarias abandonarían
el territorio chileno.
Este tratado,
impopular en Chile, devolvió a los Carrera su prestigio. José Miguel Carrera,
el 22 de julio de 1814, dio un nuevo cuartelazo y se adueñó nuevamente del
poder. Ante él se levantaba el ejército de O´Higgins. Un pequeño choque en el
rio Maipo se inclinó a favor de Carrera. La guerra civil no impidió la desaprobación
que del Tratado hizo el virrey del Perú y él envió de una fuerza expedicionaria
al mando de don Mariano Osorio. O´Higgins, patrióticamente, acepto la jefatura
de Carrera y se produjo la reconciliación, pero subsistieron los resentimientos
entre ambos jefes y sus soldados.
Acordaron los
dos jefes que O´Higgins resistiría a los españoles en Rancagua, mientras
Carrera se presentaría con tropas frescas para coger al enemigo entre dos
fuegos. O´Higgins resistió con heroísmo. Ante la ausencia del ejército de
Carrera, que debería presentarse al despuntar la aurora y contando solo con 300
soldados, O´Higgins se abrió paso a filo de sable.
Este hecho dividió
más a los dos jefes. Los partidarios de Carrera acusaban de todos los males al
Tratado de Lircay, firmado por O´Higgins. Los de O´Higgins llegaron hasta
aventurar que Carrera obro premeditadamente al no socorrer a su rival en
Rancagua, para que sucumbiera. Esta acusación monstruosa implicaba que Carrera
hubiera querido ver perdido con O´Higgins a su propio hermano Juan José.
La noticia del
desastre llego a Santiago y provoco una emigración de los comprometidos, quienes,
transponiendo los Andes, se asilaron en la provincia argentina de Cuyo.
Con la batalla
de Rancagua (1° de octubre de 1814) termino la primera etapa de la revolución chilena,
conocida con el nombre de la Patria Vieja.
Gobernaba la
provincia de Cuyo el general José de San Martin. Entre sus proyectos estaba
lanzar una ofensiva contra las fuerzas españolas del virreinato del Perú,
centro de la resistencia. Convencido de que por el Alto Perú era imposible la
ofensiva, concibió la idea del ataque directo: cruzar la cordillera de los
Andes y con la cooperación chilena y la formación de una escuadra llegar por
mar hasta el Perú.
La caída de la
Patria Vieja retardo sus planes. Los emigrados quisieron revivir sus viejas
rencillas. San Martin dio su apoyo a O´Higgins y expulso a los Carrera de
Mendoza.
San Martin
organizo su expedición a Chile en una forma exacta. Además, los guerrilleros
chilenos, entre los cuales se destacaba por su audacia el joven abogado chileno
Manuel Rodríguez, constituían un invalorable aliado.
En enero de
1817 inicio la invasión el general San Martin. Una de las divisiones estaba
comandada por O´Higgins.
El gobernante
español Marco del Pont, viéndose amenazado por varios puntos, dividió sus
tropas. El 12 de febrero de 1817 fuerzas independientes vencieron a las
españolas en Chacabuco, marcándose así no solo la independencia de Chile, sino
el declinar del poderío español en el sur. San Martin lograba su ansiada base
de operaciones marítimas para operar sobre el Perú.
El 14 de febrero
entraron los vencedores a Santiago. Un Cabildo abierto ofreció a San Martin la
jefatura de Chile. Este, hábilmente, declino la oferta, recayendo entonces el
mando en O´Higgins, quien fue proclamado Director Supremo.
Un año después,
en el aniversario de Chacabuco, se proclamó la independencia chilena. O´Higgins
no convoco Congreso para la celebración de ella temiendo discordias, por lo que
puso en práctica un original sistema plebiscitario. Mando que en todos los
cuarteles se abriesen dos registros, en uno de los cuales votasen los que
estuvieses por la declaración de independencia y en el otro los de opinión contraria.
Como era de esperarse, lo registros arrojaron una abrumadora mayoría independentista.
El gobierno
español del Perú destaco al antiguo
reconquistador de Chile, Mariano Osorio. Este logro en un comienzo sorprender
al ejército chileno-argentino en Cancha Rayada, pero no tardó en ser batido
completamente en Maipo el 5 de Abril de 1818.
Fruto de Maipo
fue la alianza chileno-argentina para terminar con la dominación española en el
Perú. Chile contribuía, además, con una escuadra al mando del célebre marino
ingles Tomas Alejandro Cochrane, quien barrio de españoles las aguas del
Pacifico.
O´Higgins gobernó
desde el 14 de febrero de 1817 hasta el 28 de enero de 1823. Este periodo es
conocido en la historia chilena con el nombre de Dictadura. O´Higgins tuvo que
hacer frente a la insurrección de Benavides, uno de los últimos caudillos
realistas, y también al peligro que representaban los Carrera. El más notable
de ellos, José Miguel, intento reconquistar el poder. Hecho prisionero, fue
fusilado en Mendoza el 4 de septiembre de 1821. Con su muerte se consolidaba la
jefatura de O´Higgins.
O´Higgins gobernó
de acuerdo con la orientación política de la logia Lautaro, filial de la de
Buenos Aires. En 1818, con el objeto de tranquilizar a la opinión pública
nombró una comisión de siete miembros para que realizase un proyecto de Constitución
política. La Carta constitucional que fue aprobada legalizo la política de
O´Higgins. Se adoptó la religión católica como religión del Estado; el Poder
Ejecutivo estaría a cargo del Director Supremo; se creaba un senado compuesto
por cinco miembros electos por el Director. Las facultades discrecionales
concedidas al Director dieron a la autoridad un carácter absoluto, acentuado
por la orientación conservadora que le imprimió O´Higgins.
La obra de
O´Higgins fue fructífera. Republicano convencido y dictador por el imperio de
las circunstancias, atendió en todo momento al bien público. No respetando
siempre los principios básicos de la democracia, puede considerarse como un
organizador. La hacienda pública, en plena bancarrota, fue organizada; suprimió
los títulos nobiliarios y fomento la agricultura y la minería; durante su
gobierno Brasil y México reconocieron la independencia de Chile y firmo
tratados de alianza con Perú y Colombia.
El gobierno de
O´Higgins no fue popular. Una serie de factores contribuyeron a ello. La
hostilidad del clero y de la oligarquía agraria, desposeídos de privilegios
seculares; la miseria rural, el descontento de los soldados mal pagados y la prolongación
de la guerra en Perú, acentuaron su impopularidad.
La posición de
O´Higgins contribuía al descontento. En conflicto con el Senado termino por
ignorarlo. Reunió una Convención, no electa popularmente, que se declaró
legislativa y se avoco a la redacción de una Constitución inspirada en la de Cádiz
de 1812. Esta constitución, promulgada el 30 de octubre de 1822, recogía el
pensamiento cesarista de O´Higgins. Su dictadura quedaba prorrogada por diez
años; el pueblo no tenía acceso directo a las funciones del gobierno; el
Director tenía derecho a escoger a su sucesor.
La Constitución
precipito la crisis. La orgullosa oligarquía agraria, viéndose sometida a
tutelaje, se dio a la tarea de buscar un caudillo militar. Lo encontró en el
general Ramón Freire, jefe de la provincia de Concepción, quien desconoció la Constitución
y repudio la jefatura de O´Higgins. Lo secundó Coquimbo. O´Higgins quiso
pactar, pero la revolución alcanzó al propio Santiago, donde los notables
acudieron a la tradicional formula del Cabildo abierto para pedirle la
renuncia. O´Higgins se presentó ante el Cabildo y despojándose de la banda
presidencial pidió que se le enjuiciara por los actos de su gobierno. El
Cabildo le rindió homenaje supremo. Un espontaneo “¡Viva O´Higgins!” se oyó de
todas las bocas y los concurrentes le formaron guardia de honor. Este hidalgo
proceder fue repudiado por los militares del sur. Sometido a juicio de
residencia, que termino felizmente, O´Higgins quedo en libertad para dirigirse
al Perú.
Objeto de múltiples
controversias ha sido la gestión gubernamental de O´Higgins. Sin embargo, para
explicar su actitud hay que tener en cuenta que en cuestiones de gobierno adhería
a los principios aristocráticos del precursor Miranda, su iniciador, y a los
del general San Martin. Además, tenía la arraigada convicción de que solo un
gobierno fuerte podía preservar a la Republica de la anarquía, consolidar la
independencia y sentar las bases de la democracia.
Su ambición no
fue la bastarda de gobernar por gobernar. Se sabía superior en capacidad y desinterés
republicanos a la mayoría de sus contemporáneos chilenos, y esto lo llevo a
asumir ante la historia toda la responsabilidad, que pudo descargar en poderes
deliberantes sometidos a su influjo. Así lo comprendieron los patricios
chilenos al rendirle el homenaje al que tenía derecho, cuando se despojó de la
investidura. Y así lo reconoce Chile al ligar su nombre a la épica jornada
emancipadora y a los primeros esfuerzos por liquidar la estructura colonial.
Murió en el Perú
a los diecinueve años de exilio (1842). Durante él, como su compañero de
ideales y de armas San Martin, mantuvo un decoroso silencio. Pidió para sus
sucesores la protección del Cielo y contribuyo
con su omisión al desarrollo institucional de Chile. – J. M. SISO
MARTINEZ.
BIBLIOGRAFIA
Historia de América, publicada
bajo la dirección de Ricardo Levene.
Historia de América: Carlos
Pereira.
Historia de América: J.M.
Siso Martínez.
Nacimiento de la República
de Chile: Domingo Amunategui Solar.
Fisonomía histórica de
Chile: Jaime Eyzaguirre.
Las ideas políticas de
Chile: Ricardo Donoso.

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