Bernardino Rivadavia
[1780 - 1845]
Sembrador de la grandeza argentina.
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A HISTORIA
DE LA REPUBLICA ARGENTINA es de las más ricas en sucesos, hombres y enseñanzas
entre las veinte republicas hispanoamericanas. La primera parte del periodo
independiente es de una truculencia extrema y la llena especialmente la
siniestra figura del tirano Juan Manuel de Rosas; sin embargo, ese tiempo se
ilumina por la presencia en la oposición de hombres que harían honor a
cualquier época histórica. Y la misma concurrencia de hombres ilustres se
advierte en el periodo inmediato anterior, el de la lucha por la independencia,
en el que ocupa el punto cimero el general José de San Martin.
Don Bernardino Rivadavia es el más
notable entre los hombres civiles que figuran en los anales de los primeros
esfuerzos por organizar constitucionalmente la nueva República, cuyo primer
vagido en la vida libre fue el Cabildo abierto del 25 de mayo de 1810.
Rivadavia nació en Buenos Aires el
20 de mayo de 1780, en el hogar de don Benito Gonzales de Rivadavia, español y
españolista intransigente, vecino porteño importante, que fue regidor del noble
Ayuntamiento de aquella capital.
Don Benito confió la primera
educación de su hijo a un clérigo ilustrado, el doctor Marcos Salcedo, quien lo
inicio en las letras profanas y sagradas. El despejo intelectual del pequeño requería
un cultivo superior, y para procurárselo ingreso en el famoso Colegio de San
Carlos, casa de estudio que era el sitio de confluencia de los jóvenes de las
clases sociales predominantes, españoles y criollos.
El Colegio de San Carlos, de Buenos Aires, era, como los
establecimientos similares de otras partes del mundo español, un repositorio de
los métodos y enseñanzas medievales; pero al finalizar el siglo xviii sentía el
influjo del desarrollo científico de Europa. El plan de estudios que siguió
Rivadavia deja ver esa situación, que era de tránsito a la reforma que se operó
después de 1830. En San Carlos, Rivadavia estudió Latín, Retórica, Filosofía,
Teología y Física.
En 1806, cuando el inglés Beresford
llevó a cabo el ataque a Buenos Aires, el joven Rivadavia cursaba todavía en
San Carlos. Ese suceso fue el primero que despertó el espíritu público
subconsciente que llevaba en sí, y se puso al servicio de la ciudad natal. Los
ingleses repitieron el ataque en 1807 a las órdenes de Whitelock, obedeciendo a
un plan británico de dominación de las colonias españolas de América, y el Río
de la Plata era el primer objetivo. En esa emergencia Rivadavia participó como
capitán del “regimiento de Gallegos” y cumplió
su deber al lado de los valientes, entre quienes se contaron mujeres y hasta
niños. La expulsión de los invasores fue el premio del arrojo bonaerense.
Fueron alma de la defensa de Buenos Aires contra
Whitelock el virrey, don Santiago Liniers, y el alcalde, don Martin de Alzaga,
francés aquel y español este. Liniers había alcanzado la dignidad que gozaba al
servicio de España, especialmente por la defensa de Buenos Aires. Pronto Alzaga
se puso en contra suya impulsado por su españolismo irreductible, que le hacía
ver en Liniers un enemigo de la causa de España, siendo aquel francés y estando
este país invadido por Napoleón. Rivadavia tomo partido por Liniers contra
Alzaga, considerando que los antecedentes del virrey eran una garantía para
Buenos Aires si no para España.
La corriente de ideas independentistas tenía
caldeados los ánimos en 1810. Igual que en el resto de la América española, la
agitación aparente la provocaba la fidelidad al rey Fernando VII, prisionero de
Napoleón, y por tanto el repudio al rey intruso, José Bonaparte. En el fondo de
la conciencia criolla latina latía el deseo de independencia, bien que entre
los más representativos la posibilidad de la forma republicana no era admitida.
Los patricios del Plata sinceramente querían un gobierno monárquico, como
organización política garante del orden y del progreso.
El pueblo de Buenos Aires se pronunció
decididamente por la independencia en el Cabildo abierto celebrado el 25 de
mayo de 1810 y se acordó la creación de un gobierno con el nombre de Junta
Gubernativa Provisional del Rio de la Plata. La suerte estaba echada; pero
nadie previó las tendencias que pugnarían por imponerse. La lucha interna que
se desató fue intensa, compleja y cruenta. Hasta allí (1810) Rivadavia no
aparece en primera fila. El brillante Mariano Moreno, con su increíble
actividad y su vasta fertilidad mental, es el centro de convergencias de las
aspiraciones más dignas. Moreno tuvo algo que ver con Rivadavia con motivo de
un litigio comercial ante un tribunal. Don Mariano pronunció allí un discurso
violento y mordaz contra su adversario, don Bernardino, cuyo nombre yacía aun
en la oscuridad, de la cual acaso no habría salido pronto si la muerte no quita
de su camino al invencible rival.
Pero al año siguiente (1811) un nuevo gobierno
formado por tres vocales y tres secretarios ejerce el poder, y Rivadavia ocupa
la cartera de Guerra, Gobierno y Hacienda. A duras pruebas hubo de enfrentarse
ese régimen. Primero fue una sublevación de criollos y después de españoles;
ambas fueron sofocadas con cruda energía, y una de las víctimas fue don Martin
de Alzaga. Otra de las medidas que dictó Rivadavia fue la que permitió regresar
a los criollos que habían sido expulsados por los españoles. Toda su labor
administrativa y política es la de un convencido independentista, de uno que
tiene conciencia de que una nueva nacionalidad esta en formación. Algunas de
esas disposiciones tenían el más alto valor humano, como fue aquella que prohibió
el tráfico de esclavos en todas las Provincias del Ríos de la Plata. De gran
importancia para el desarrollo económico fue el decreto sobre la libertad de
comercio, y como conducente a afirmar la independencia y abolir las
supervivencias del antiguo régimen, prohibió el usual paseo del estandarte
español que se hacía en conmemoración de la conquista.
Las Provincias del Rio de la Plata se hallaban en
guerra con Brasil con motivo de la banda oriental del Uruguay, que ese vecino
codiciaba. La victoria favoreció a las armas argentinas en Ituzaingó; pero el
diplomático rioplatense doctor Medrano firmo un tratado de paz que fue
considerado depresivo para el país vencedor. Una violenta reacción fue la
respuesta del país, y el triunvirato fue arrojado del poder (1812). Se convocó
una Asamblea General Consultiva de las Provincias del Rio de la Plata, la cual
encargo el poder a un Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la
Plata.
Los próceres argentinos, sin excluir a San Martin,
consideraban como una política prudente establecer una monarquía
constitucional, aunque el rey fuera el mismo Fernando VII. También pensaron
seriamente poner su patria bajo la protección del Imperio Británico. Con este
fin, Rivadavia y Manuel Belgrano tuvieron entrevistas en Rio de Janeiro con
lord Strandford (1814). Don Bernardino y don Manuel siguieron hacia Londres a proseguir
las gestiones proteccionistas, y luego Rivadavia solo a Paris y Madrid (1816).
Llego a España en los días en que el rey ingrato y
cruel, Fernando VII, desplegaba el más brutal despotismo. No había, por
consiguiente, ambiente propicio para los propósitos que lo llevaban allá, no
podía ser grato a su temperamento, en que el equilibrio de la moral, las ideas
liberales y las aspiraciones de la libertad formaban el sólido centro de su
carácter. Logró, no obstante, prestar un servicio a su patria, contribuyendo a
impedir que salieran fuerzas de Cádiz contra Buenos Aires.
Los agentes del absolutismo trataron de ganarse a
Rivadavia; pero éste, reservado, cauteloso y previsor, no se comprometió,
aunque no dejo de usar el término sumisión cuando de la persona de Fernando se
hablaba. El plan argentino consistía en coronar al infante Francisco de Paula.
Sarratea, otro diplomático argentino, extremista en ese designio, hasta había
concebido y propuesto el proyecto de raptar al infante y llevarlo a Buenos
Aires para ser coronado. Rivadavia no llegaba al delirio para asegurar el orden
y el progreso en su país. Por eso ni se inclinó a la causa del Deseado, apodo que los leales dieron a
Fernando VII durante su cautiverio, ni comprometió la de la independencia, que
era la condición sine qua non de las
instrucciones que llevaba. En el orden del cuerpo de representantes ante la
Corte era el número 38, cifra secreta de identificación y con el cual era
recibido por el Ministro, don Pedro Cevallos.
En Madrid estaba Rivadavia el 9 de julio de 1816,
cuando, en Tucumán, un Congreso Constituyente proclamo la independencia
absoluta de las Provincias del Rio de la Plata. Ese trascendental
pronunciamiento ocurría en el momento en que su agente en Madrid llegaba al
convencimiento de la inutilidad de sus gestiones. La corrupción del Corte era
total, y la abyección de los hombres del absolutismo, la más vergonzosa. Cierto
también que el 75 por ciento del país ardía en descontento y que las conjuras
contra tan oprobioso régimen eran frecuentes, aunque, desgraciadamente,
ahogadas en sangre. No tuvo Rivadavia que apresurar su retiro de España, porque
una orden real le ordenó salir.
En 1820 estaba de nuevo en Buenos Aires. La
fisonomía política había cambiado considerablemente como consecuencia de la
aplicación de la Constitución de 1813. La célebre Constituyente que la elaboro
estaba formada en gran mayoría por masones de la logia Lautaro, replica de la
que existía en Londres, y en la que fueran iniciados San Martin y muchos otros próceres
sudamericanos. En la Constitución policita que promulgaron quedaron trazados
todos los rasgos de una nación independiente, menos la propia declaración de
independencia, que, como ya se dijo, se hizo el 9 de julio de 1816. Sin
embargo, en dicha Constitución se abolió la soberanía del rey y fue transferida
al pueblo, los escudos reales fueron retirados y los títulos de nobleza
suprimidos; fue abolida la Inquisición y los tormentos para averiguar y
sancionar delitos; la nueva moneda llevaría el escudo de armas argentino en vez
de la efigie del rey; ordeno el establecimiento de una justicia nacional y
decretó la bandera nacional, blanca y celeste.
Al llegar Rivadavia al solar nativo lo encontró,
pues, en una nueva fase de su organización constitucional, aunque la agitación
política era efervescente. La pugna entre la capital y las provincias era el
problema más grave y la fuente más fecunda de asonadas y choques sangrientos.
El director supremo, general Rodríguez, nombro a
Rivadavia ministro de Gobierno, y uno de sus primeros pasos fue enviar a la
Asamblea el acuerdo por el cual aquel rehusaba continuar usando los poderes
discrecionales que se le habían confiado. Después desplego una actividad
fecunda para mejorar la administración pública, aplicando los conocimientos y
observaciones que había hecho en Europa, particularmente en Francia e
Inglaterra. Allí había estudiado a los escritores políticos del liberalismo y
visto con ojo atento el mecanismo oficial, con la intención de europeizar la
vieja estructura colonial o más bien rehacerla. Importante fue el
establecimiento del sistema representativo, un paso hacia adelante en la
implantación del régimen democrático. Estableció un Registro oficial y elaboro
un proyecto de ley de amnistía; reformó los cementerios y mercados; fundó la
estadística oficial, una verdadera novedad de la época, así como el Archivo
Nacional; reorganizó la Policía; se ocupó de la reforma de los conventos y
monasterios, que allá, como en el resto de América, no eran centros de
verdadera edificación moral; dispuso la construcción del Palacio Legislativo,
que es el que aun ocupa la Cámara de Representantes; la educación pública mereció
especial atención, considerándola como la más perentoria atribución del Estado
y como la primera de las necesidades populares; dispuso la construcción de
iglesias en los campos e inicio la construcción de la catedral de Buenos Aires;
creo el departamento de ingresos del gobierno. Existía en Buenos Aires una
Sociedad Literaria, y él organizó una Sociedad de Beneficencia de Distinguidas
Damas; para aquella creó un premio anual y proveyó de subsidios a la segunda, a
cuyo cuidado puso la casa de expósitos.
El nombre de Rivadavia está vinculado a la cultura
superior como fundador de la Universidad de Buenos Aires. Fue una reforma
similar a la que se hizo por la misma época, en lo general, algunos años
después, en varios de los países americanos. El Claustro universitario reconoció
aquel magno acto de Rivadavia y lo condecoró con el título de doctor.
El Gobierno del general Rodríguez fue de los más
brillantes durante el período revolucionario; era él un hombre modesto,
honrado, dotado de un amor patrio profundo, sin pretensiones de dominar todo el
arte del gobierno, y por eso le gustaba oír las opiniones de los demás y
adoptarlas si las creía realizables. Ayudado por sus grandes ministros
Rivadavia y Manuel José García, aquel en la cartera de Gobierno y este en la de
Hacienda, pudo llevar a cabo una labor tan variada como la que hemos señalado,
a la cual todavía podemos agregar la creación del Banco de Descuento, el
Registro Grafico de la Provincia de Buenos Aires, medidas favorables a la
inmigración, trabajos de canalización del rio de la Plata y construcción del
puerto marítimo de ultramar; en lo urbanístico hizo rectificar y ampliar las
calles de la capital, construir plazas y jardines públicos; acordó la vacuna
obligatoria; puso en circulación moneda menor de cobre; estableció en la
Universidad las cátedras de Economía Política y Derecho administrativo y mando
publicar los anales de la primera década de la Revolución. Desde 1813,
Rivadavia se había preocupado por perpetuar el recuerdo de las primeras gestas
revolucionarias, siendo secretario del triunvirato, y dicto el acuerdo para que
se escriba la Historia filosófica de la Revolución
de Mayo con el fin de “perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de
los hijos de la América del Sur”.
El sucesor de Rodríguez fue el general Juan
Gregorio de las Heras, el 2 de abril de +o1824. Rivadavia fue llamado a ocupar
un cargo en el gabinete; pero no acepto y se embarcó para Europa. Allá estaba
cuando recibió el nombramiento de ministro residente en Londres. Su principal gestión
fue el canje del tratado entre Argentina e Inglaterra por intermedio de sir
Woodvine Parish, y después regreso, ya que su viaje había tenido un propósito
de descanso, para librarse de las fatigas de la enconada lucha política de los
partidos y de su intensa obra administrativa.
Pero la carrera política de Rivadavia no había
terminado ni llegado a su cenit. En 1826 fue electo presidente de la Republica,
y aunque no pudo gobernar más de un año, fue asombrosa su labor y es un reflejo
de lo que habría hecho en una época normal y en todo el periodo presidencial
que le correspondía.
Como los hombres de la Convención francesa,
Rivadavia creyó imposible el régimen democrático en un pueblo ignorante, y por
eso puso un empeño que puede calificarse de heroico en la difusión de la
instrucción. No había maestros en suficiente número para atender las
necesidades culturales en todos los centros de educación que fundó, y entonces
los contrató en el exterior, seleccionándolos por su saber y antecedentes
morales. Tuvo la visión de la futura riqueza pecuaria e introdujo ejemplares de
ganado menor y mayor de las mejores razas. Ya se sabe lo que ha llegado a ser
la Argentina en cuanto a ganadería, o sea uno de los primeros productores del
mundo; pues bien, uno de los agentes de ese pasmoso desarrollo ganadero fue
Rivadavia. Hizo perforar muchos pozos artesianos. El proyecto del canal de los
Andes fue considerado no solo como una utopía, sino como una increíble locura,
que revelaba desconocimiento del territorio, de la magnitud de la empresa y de
las dificultades técnicas que ofrecía. Comisionó al general Alvear para
reorganizar el ejército, y aquel lleno su misión tan cumplidamente que la
fuerza armada estuvo en disposición de triunfar sobre el ejército brasileño. El
estado de las Provincias, que estaban en poder de caciques sanguinarios,
malogró el propósito de establecer un servicio eficiente de correos. La ley de Consolidación
de la deuda de Estado fue juzgada mal bajo el ambiente adverso de la crisis
económica que afligía al país, y es que a la vez se sostenía la guerra civil en
el interior y otra nacional en el exterior contra el Brasil. Por la ley de 13
de marzo de 1826 fueron nacionalizadas las aduanas y los impuestos que
producían. Muy avanzada fue la disposición de poner las escuelas primarias bajo
el control de la Universidad, como un medio de asegurar la continuidad regular
de los estudios.
Los críticos del gobierno de Rivadavia lo acusaban
de intervenir en detalles nimios de la vida municipal, como, p. e., en las
ventas de comestibles; que tenía que ver en la determinación del ancho de las
veredas, en la forma de las casas, puertas y ventanas; en la marca, peso y
venta del pan; en que se pusiera alumbrado o no en tal barrio o calle, en este
o aquel pueblo.
Estimuló el incremento de la pesquería y el laboreo
de las minas. Fue Rivadavia quien inició la independencia de Montevideo y uno
de los representantes –quizá el que más- que se esforzaron por organizar constitucionalmente
la República. Ya durante el gobierno de Rodríguez había promovido la reunión de
un Congreso con representantes de las Provincias que decretó la ley Fundamental
de 23 de enero de 1824. Esa ley ha sido calificada de simple estatuto
provincial destinado únicamente a “legalizar la anarquía”. Creó el Poder
Ejecutivo de las Provincias Unidas e inicio la erección de Buenos Aires como
capital federal, nacionalizando su distrito. El pensamiento de Rivadavia
consistía en “dar a todos los pueblos una cabeza”, como el mismo decía. Dicha Constitución
fue, sin embargo, rechazada tanto por las Provincias como por Buenos Aires.
Esta la repudio porque la privaba del monopolio y predominio de que gozaban sus
comerciantes, y los caciques provinciales, porque explotaban mejor a sus
respectivas Provincias en el aislamiento.
Sin desistir del generoso y superior empeño de
dotar de una ley orgánica a la Nación, ya en la Presidencia de la República
convocó una Asamblea constituyente que promulgó la Constitución del 19 de julio
de 1826; pero también fue rechazada. La animosidad de las Provincias contra la
capital y el empecinamiento de los plutócratas capitalinos, tenaces en los
manejos por conservar sus privilegios y hegemonía, imposibilitaban la
comprensión de los verdaderos intereses comunes de Buenos Aires y de las
Provincias. No sería sino a fines del siglo cuando desaparecería la
contradicción con la nacionalización de Buenos Aires y la fundación de La Plata
como capital de la Provincia. Por eso es hoy Buenos Aires la capital de la
República, y La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.
Rivadavia se vio atacado encarnizadamente a dos
fuegos: tanto en la ciudad capital como en las Provincias, y hombre civil y
civilista, superior al ambiente político de su tiempo, renunció el 27 de junio
de 1827.
Fuera del poder y con la conciencia del deber
cumplido de manera amplia, se consagro a la vida privada. Poseía una amplia
quinta que había heredado de sus padres y a ella se acogió. Sus enemigos se
conjuraron para asesinarlo, y el Gobierno, para evitar el crimen, fingió su
expulsión. En efecto, fue extraído de sus casa horas antes de aquella que los
conjurados tenían señalada para consumar el delito y lo embarcaron para Europa
(1820). En su ausencia fue objeto de los ataques más violento, máxime cuando
estaban en el poder sus más encarnizados enemigos, como ocurrió en 1834.
Entonces resolvió presentarse ante la justicia de su patria para que se le
juzgara; pero no se le quiso oír. Es que los ataques eran el producto de las
pasiones y no de legítima reacción contra desmanes o violaciones de la ley.
En la población uruguaya de Mercedes halló refugio
algún tiempo; pero allí fue expulsado por el gobierno de Montevideo bajo la
presión del de Buenos Aires. Después de algún tiempo de residir en Santa
Catalina, se embarcó para España y se estableció en Cádiz, donde murió en 1845.
Rivadavia ha sido juzgado de manera contradictoria
en su país. Su participación en el complot que derrumbó al gobierno de Las
Heras le atrajo criticas acerbas, considerando que ese gobierno conducía al
país por el camino del desarrollo democrático normal, el mismo que siguió el
régimen del general Rodríguez, y que la subversión del orden regular apresuro
la llegada del tirano Juan Manuel de Rosas al poder. Hay quienes lo consideran
como el primer héroe civil de la revolución, como el más grande de sus
estadistas. El historiador Vicente Fidel López hace de Bernardino Rivadavia un
retrato a que pertenecen los siguientes rasgos:
“… espíritu visionario e infatuado, que inclinado a
buscar lo absurdo del bien en las fantasmagóricas proféticas de su imaginación más
que en el sentido práctico de los hechos y de los medios, había tronchado sin
tino y sin estudio el lisonjero desarrollo con que el país marchaba, y
aplastado los gérmenes benéficos con el peso desgraciado de su influjo.”
Interesado en el desarrollo de la riqueza minera
Argentina, formó un consorcio con una firma francesa, que se llamó Sociedad de
Minas Argentinas. Cuando estaba a punto de conservar la explotación, el revés
político que sufrió su partido acabo con su proyecto y llevo al desastre a la
empresa.
Físicamente Rivadavia era un hombre de figura antes
bien desagradable y de rostro francamente feo; sin embargo, imponía respeto y
aun inspiraba cariño por la gravedad de su porte, la bondad que traducían sus
gestos y ademanes, y la riqueza de sus ideas y humana experiencia que reflejaba
en la conversación. En sus años de Europa había tratado a personajes eminentes
y leído sus obras, tales como Jeremías Bentham, Benjamín Constant, Stäel, lord
Byron y otros. En los círculos sociales intelectualizados su presencia era
estimada por la abundancia de conceptos, referencias y citas con que discurría;
pero también se le marca con los adjetivos de infatuado y soberbio. Lo que no
se puede negar es que Rivadavia profesó un patriotismo puro y que se esforzó
por introducir en su país todos los adelantos que consideró útiles al bienestar
inmediato de sus conciudadanos y a la grandeza futura de la República. EDELBERTO TORRES.
BIBLIOGRAFIA
Vicente
Fidel López: Historia de la República
Argentina, Buenos Aires, 1917.
Carlos
Pereyra: Historia de América, Madrid,
1920.
Bartolomé
Mitre: Rivadavia (Conferencia),
Buenos Aires.

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