domingo, 20 de diciembre de 2015


Bernardino Rivadavia
[1780 - 1845]



Sembrador de la grandeza argentina.

L
A HISTORIA DE LA REPUBLICA ARGENTINA es de las más ricas en sucesos, hombres y enseñanzas entre las veinte republicas hispanoamericanas. La primera parte del periodo independiente es de una truculencia extrema y la llena especialmente la siniestra figura del tirano Juan Manuel de Rosas; sin embargo, ese tiempo se ilumina por la presencia en la oposición de hombres que harían honor a cualquier época histórica. Y la misma concurrencia de hombres ilustres se advierte en el periodo inmediato anterior, el de la lucha por la independencia, en el que ocupa el punto cimero el general José de San Martin.

            Don Bernardino Rivadavia es el más notable entre los hombres civiles que figuran en los anales de los primeros esfuerzos por organizar constitucionalmente la nueva República, cuyo primer vagido en la vida libre fue el Cabildo abierto del 25 de mayo de 1810.

            Rivadavia nació en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780, en el hogar de don Benito Gonzales de Rivadavia, español y españolista intransigente, vecino porteño importante, que fue regidor del noble Ayuntamiento de aquella capital.

            Don Benito confió la primera educación de su hijo a un clérigo ilustrado, el doctor Marcos Salcedo, quien lo inicio en las letras profanas y sagradas. El despejo intelectual del pequeño requería un cultivo superior, y para procurárselo ingreso en el famoso Colegio de San Carlos, casa de estudio que era el sitio de confluencia de los jóvenes de las clases sociales predominantes, españoles y criollos.

            El Colegio  de San Carlos, de Buenos Aires, era, como los establecimientos similares de otras partes del mundo español, un repositorio de los métodos y enseñanzas medievales; pero al finalizar el siglo xviii sentía el influjo del desarrollo científico de Europa. El plan de estudios que siguió Rivadavia deja ver esa situación, que era de tránsito a la reforma que se operó después de 1830. En San Carlos, Rivadavia estudió Latín, Retórica, Filosofía, Teología y Física.

            En 1806, cuando el inglés Beresford llevó a cabo el ataque a Buenos Aires, el joven Rivadavia cursaba todavía en San Carlos. Ese suceso fue el primero que despertó el espíritu público subconsciente que llevaba en sí, y se puso al servicio de la ciudad natal. Los ingleses repitieron el ataque en 1807 a las órdenes de Whitelock, obedeciendo a un plan británico de dominación de las colonias españolas de América, y el Río de la Plata era el primer objetivo. En esa emergencia Rivadavia participó como capitán del “regimiento de Gallegos”  y cumplió su deber al lado de los valientes, entre quienes se contaron mujeres y hasta niños. La expulsión de los invasores fue el premio del arrojo bonaerense.

Fueron alma de la defensa de Buenos Aires contra Whitelock el virrey, don Santiago Liniers, y el alcalde, don Martin de Alzaga, francés aquel y español este. Liniers había alcanzado la dignidad que gozaba al servicio de España, especialmente por la defensa de Buenos Aires. Pronto Alzaga se puso en contra suya impulsado por su españolismo irreductible, que le hacía ver en Liniers un enemigo de la causa de España, siendo aquel francés y estando este país invadido por Napoleón. Rivadavia tomo partido por Liniers contra Alzaga, considerando que los antecedentes del virrey eran una garantía para Buenos Aires si no para España.

La corriente de ideas independentistas tenía caldeados los ánimos en 1810. Igual que en el resto de la América española, la agitación aparente la provocaba la fidelidad al rey Fernando VII, prisionero de Napoleón, y por tanto el repudio al rey intruso, José Bonaparte. En el fondo de la conciencia criolla latina latía el deseo de independencia, bien que entre los más representativos la posibilidad de la forma republicana no era admitida. Los patricios del Plata sinceramente querían un gobierno monárquico, como organización política garante del orden y del progreso.

El pueblo de Buenos Aires se pronunció decididamente por la independencia en el Cabildo abierto celebrado el 25 de mayo de 1810 y se acordó la creación de un gobierno con el nombre de Junta Gubernativa Provisional del Rio de la Plata. La suerte estaba echada; pero nadie previó las tendencias que pugnarían por imponerse. La lucha interna que se desató fue intensa, compleja y cruenta. Hasta allí (1810) Rivadavia no aparece en primera fila. El brillante Mariano Moreno, con su increíble actividad y su vasta fertilidad mental, es el centro de convergencias de las aspiraciones más dignas. Moreno tuvo algo que ver con Rivadavia con motivo de un litigio comercial ante un tribunal. Don Mariano pronunció allí un discurso violento y mordaz contra su adversario, don Bernardino, cuyo nombre yacía aun en la oscuridad, de la cual acaso no habría salido pronto si la muerte no quita de su camino al invencible rival.

Pero al año siguiente (1811) un nuevo gobierno formado por tres vocales y tres secretarios ejerce el poder, y Rivadavia ocupa la cartera de Guerra, Gobierno y Hacienda. A duras pruebas hubo de enfrentarse ese régimen. Primero fue una sublevación de criollos y después de españoles; ambas fueron sofocadas con cruda energía, y una de las víctimas fue don Martin de Alzaga. Otra de las medidas que dictó Rivadavia fue la que permitió regresar a los criollos que habían sido expulsados por los españoles. Toda su labor administrativa y política es la de un convencido independentista, de uno que tiene conciencia de que una nueva nacionalidad esta en formación. Algunas de esas disposiciones tenían el más alto valor humano, como fue aquella que prohibió el tráfico de esclavos en todas las Provincias del Ríos de la Plata. De gran importancia para el desarrollo económico fue el decreto sobre la libertad de comercio, y como conducente a afirmar la independencia y abolir las supervivencias del antiguo régimen, prohibió el usual paseo del estandarte español que se hacía en conmemoración de la conquista.

Las Provincias del Rio de la Plata se hallaban en guerra con Brasil con motivo de la banda oriental del Uruguay, que ese vecino codiciaba. La victoria favoreció a las armas argentinas en Ituzaingó; pero el diplomático rioplatense doctor Medrano firmo un tratado de paz que fue considerado depresivo para el país vencedor. Una violenta reacción fue la respuesta del país, y el triunvirato fue arrojado del poder (1812). Se convocó una Asamblea General Consultiva de las Provincias del Rio de la Plata, la cual encargo el poder a un Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.

Los próceres argentinos, sin excluir a San Martin, consideraban como una política prudente establecer una monarquía constitucional, aunque el rey fuera el mismo Fernando VII. También pensaron seriamente poner su patria bajo la protección del Imperio Británico. Con este fin, Rivadavia y Manuel Belgrano tuvieron entrevistas en Rio de Janeiro con lord Strandford (1814). Don Bernardino y don Manuel siguieron hacia Londres a proseguir las gestiones proteccionistas, y luego Rivadavia solo a Paris y Madrid (1816).

Llego a España en los días en que el rey ingrato y cruel, Fernando VII, desplegaba el más brutal despotismo. No había, por consiguiente, ambiente propicio para los propósitos que lo llevaban allá, no podía ser grato a su temperamento, en que el equilibrio de la moral, las ideas liberales y las aspiraciones de la libertad formaban el sólido centro de su carácter. Logró, no obstante, prestar un servicio a su patria, contribuyendo a impedir que salieran fuerzas de Cádiz contra Buenos Aires.

Los agentes del absolutismo trataron de ganarse a Rivadavia; pero éste, reservado, cauteloso y previsor, no se comprometió, aunque no dejo de usar el término sumisión cuando de la persona de Fernando se hablaba. El plan argentino consistía en coronar al infante Francisco de Paula. Sarratea, otro diplomático argentino, extremista en ese designio, hasta había concebido y propuesto el proyecto de raptar al infante y llevarlo a Buenos Aires para ser coronado. Rivadavia no llegaba al delirio para asegurar el orden y el progreso en su país. Por eso ni se inclinó a la causa del Deseado, apodo que los leales dieron a Fernando VII durante su cautiverio, ni comprometió la de la independencia, que era la condición sine qua non de las instrucciones que llevaba. En el orden del cuerpo de representantes ante la Corte era el número 38, cifra secreta de identificación y con el cual era recibido por el Ministro, don Pedro Cevallos.

En Madrid estaba Rivadavia el 9 de julio de 1816, cuando, en Tucumán, un Congreso Constituyente proclamo la independencia absoluta de las Provincias del Rio de la Plata. Ese trascendental pronunciamiento ocurría en el momento en que su agente en Madrid llegaba al convencimiento de la inutilidad de sus gestiones. La corrupción del Corte era total, y la abyección de los hombres del absolutismo, la más vergonzosa. Cierto también que el 75 por ciento del país ardía en descontento y que las conjuras contra tan oprobioso régimen eran frecuentes, aunque, desgraciadamente, ahogadas en sangre. No tuvo Rivadavia que apresurar su retiro de España, porque una orden real le ordenó salir.

En 1820 estaba de nuevo en Buenos Aires. La fisonomía política había cambiado considerablemente como consecuencia de la aplicación de la Constitución de 1813. La célebre Constituyente que la elaboro estaba formada en gran mayoría por masones de la logia Lautaro, replica de la que existía en Londres, y en la que fueran iniciados San Martin y muchos otros próceres sudamericanos. En la Constitución policita que promulgaron quedaron trazados todos los rasgos de una nación independiente, menos la propia declaración de independencia, que, como ya se dijo, se hizo el 9 de julio de 1816. Sin embargo, en dicha Constitución se abolió la soberanía del rey y fue transferida al pueblo, los escudos reales fueron retirados y los títulos de nobleza suprimidos; fue abolida la Inquisición y los tormentos para averiguar y sancionar delitos; la nueva moneda llevaría el escudo de armas argentino en vez de la efigie del rey; ordeno el establecimiento de una justicia nacional y decretó la bandera nacional, blanca y celeste.

Al llegar Rivadavia al solar nativo lo encontró, pues, en una nueva fase de su organización constitucional, aunque la agitación política era efervescente. La pugna entre la capital y las provincias era el problema más grave y la fuente más fecunda de asonadas y choques sangrientos.

El director supremo, general Rodríguez, nombro a Rivadavia ministro de Gobierno, y uno de sus primeros pasos fue enviar a la Asamblea el acuerdo por el cual aquel rehusaba continuar usando los poderes discrecionales que se le habían confiado. Después desplego una actividad fecunda para mejorar la administración pública, aplicando los conocimientos y observaciones que había hecho en Europa, particularmente en Francia e Inglaterra. Allí había estudiado a los escritores políticos del liberalismo y visto con ojo atento el mecanismo oficial, con la intención de europeizar la vieja estructura colonial o más bien rehacerla. Importante fue el establecimiento del sistema representativo, un paso hacia adelante en la implantación del régimen democrático. Estableció un Registro oficial y elaboro un proyecto de ley de amnistía; reformó los cementerios y mercados; fundó la estadística oficial, una verdadera novedad de la época, así como el Archivo Nacional; reorganizó la Policía; se ocupó de la reforma de los conventos y monasterios, que allá, como en el resto de América, no eran centros de verdadera edificación moral; dispuso la construcción del Palacio Legislativo, que es el que aun ocupa la Cámara de Representantes; la educación pública mereció especial atención, considerándola como la más perentoria atribución del Estado y como la primera de las necesidades populares; dispuso la construcción de iglesias en los campos e inicio la construcción de la catedral de Buenos Aires; creo el departamento de ingresos del gobierno. Existía en Buenos Aires una Sociedad Literaria, y él organizó una Sociedad de Beneficencia de Distinguidas Damas; para aquella creó un premio anual y proveyó de subsidios a la segunda, a cuyo cuidado puso la casa de expósitos.

El nombre de Rivadavia está vinculado a la cultura superior como fundador de la Universidad de Buenos Aires. Fue una reforma similar a la que se hizo por la misma época, en lo general, algunos años después, en varios de los países americanos. El Claustro universitario reconoció aquel magno acto de Rivadavia y lo condecoró con el título de doctor.

El Gobierno del general Rodríguez fue de los más brillantes durante el período revolucionario; era él un hombre modesto, honrado, dotado de un amor patrio profundo, sin pretensiones de dominar todo el arte del gobierno, y por eso le gustaba oír las opiniones de los demás y adoptarlas si las creía realizables. Ayudado por sus grandes ministros Rivadavia y Manuel José García, aquel en la cartera de Gobierno y este en la de Hacienda, pudo llevar a cabo una labor tan variada como la que hemos señalado, a la cual todavía podemos agregar la creación del Banco de Descuento, el Registro Grafico de la Provincia de Buenos Aires, medidas favorables a la inmigración, trabajos de canalización del rio de la Plata y construcción del puerto marítimo de ultramar; en lo urbanístico hizo rectificar y ampliar las calles de la capital, construir plazas y jardines públicos; acordó la vacuna obligatoria; puso en circulación moneda menor de cobre; estableció en la Universidad las cátedras de Economía Política y Derecho administrativo y mando publicar los anales de la primera década de la Revolución. Desde 1813, Rivadavia se había preocupado por perpetuar el recuerdo de las primeras gestas revolucionarias, siendo secretario del triunvirato, y dicto el acuerdo para que se escriba la Historia filosófica de la Revolución de Mayo con el fin de “perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de los hijos de la América del Sur”.

El sucesor de Rodríguez fue el general Juan Gregorio de las Heras, el 2 de abril de +o1824. Rivadavia fue llamado a ocupar un cargo en el gabinete; pero no acepto y se embarcó para Europa. Allá estaba cuando recibió el nombramiento de ministro residente en Londres. Su principal gestión fue el canje del tratado entre Argentina e Inglaterra por intermedio de sir Woodvine Parish, y después regreso, ya que su viaje había tenido un propósito de descanso, para librarse de las fatigas de la enconada lucha política de los partidos y de su intensa obra administrativa.

Pero la carrera política de Rivadavia no había terminado ni llegado a su cenit. En 1826 fue electo presidente de la Republica, y aunque no pudo gobernar más de un año, fue asombrosa su labor y es un reflejo de lo que habría hecho en una época normal y en todo el periodo presidencial que le correspondía.

Como los hombres de la Convención francesa, Rivadavia creyó imposible el régimen democrático en un pueblo ignorante, y por eso puso un empeño que puede calificarse de heroico en la difusión de la instrucción. No había maestros en suficiente número para atender las necesidades culturales en todos los centros de educación que fundó, y entonces los contrató en el exterior, seleccionándolos por su saber y antecedentes morales. Tuvo la visión de la futura riqueza pecuaria e introdujo ejemplares de ganado menor y mayor de las mejores razas. Ya se sabe lo que ha llegado a ser la Argentina en cuanto a ganadería, o sea uno de los primeros productores del mundo; pues bien, uno de los agentes de ese pasmoso desarrollo ganadero fue Rivadavia. Hizo perforar muchos pozos artesianos. El proyecto del canal de los Andes fue considerado no solo como una utopía, sino como una increíble locura, que revelaba desconocimiento del territorio, de la magnitud de la empresa y de las dificultades técnicas que ofrecía. Comisionó al general Alvear para reorganizar el ejército, y aquel lleno su misión tan cumplidamente que la fuerza armada estuvo en disposición de triunfar sobre el ejército brasileño. El estado de las Provincias, que estaban en poder de caciques sanguinarios, malogró el propósito de establecer un servicio eficiente de correos. La ley de Consolidación de la deuda de Estado fue juzgada mal bajo el ambiente adverso de la crisis económica que afligía al país, y es que a la vez se sostenía la guerra civil en el interior y otra nacional en el exterior contra el Brasil. Por la ley de 13 de marzo de 1826 fueron nacionalizadas las aduanas y los impuestos que producían. Muy avanzada fue la disposición de poner las escuelas primarias bajo el control de la Universidad, como un medio de asegurar la continuidad regular de los estudios.

Los críticos del gobierno de Rivadavia lo acusaban de intervenir en detalles nimios de la vida municipal, como, p. e., en las ventas de comestibles; que tenía que ver en la determinación del ancho de las veredas, en la forma de las casas, puertas y ventanas; en la marca, peso y venta del pan; en que se pusiera alumbrado o no en tal barrio o calle, en este o aquel pueblo.

Estimuló el incremento de la pesquería y el laboreo de las minas. Fue Rivadavia quien inició la independencia de Montevideo y uno de los representantes –quizá el que más- que se esforzaron por organizar constitucionalmente la República. Ya durante el gobierno de Rodríguez había promovido la reunión de un Congreso con representantes de las Provincias que decretó la ley Fundamental de 23 de enero de 1824. Esa ley ha sido calificada de simple estatuto provincial destinado únicamente a “legalizar la anarquía”. Creó el Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas e inicio la erección de Buenos Aires como capital federal, nacionalizando su distrito. El pensamiento de Rivadavia consistía en “dar a todos los pueblos una cabeza”, como el mismo decía. Dicha Constitución fue, sin embargo, rechazada tanto por las Provincias como por Buenos Aires. Esta la repudio porque la privaba del monopolio y predominio de que gozaban sus comerciantes, y los caciques provinciales, porque explotaban mejor a sus respectivas Provincias en el aislamiento.

Sin desistir del generoso y superior empeño de dotar de una ley orgánica a la Nación, ya en la Presidencia de la República convocó una Asamblea constituyente que promulgó la Constitución del 19 de julio de 1826; pero también fue rechazada. La animosidad de las Provincias contra la capital y el empecinamiento de los plutócratas capitalinos, tenaces en los manejos por conservar sus privilegios y hegemonía, imposibilitaban la comprensión de los verdaderos intereses comunes de Buenos Aires y de las Provincias. No sería sino a fines del siglo cuando desaparecería la contradicción con la nacionalización de Buenos Aires y la fundación de La Plata como capital de la Provincia. Por eso es hoy Buenos Aires la capital de la República, y La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.

Rivadavia se vio atacado encarnizadamente a dos fuegos: tanto en la ciudad capital como en las Provincias, y hombre civil y civilista, superior al ambiente político de su tiempo, renunció el 27 de junio de 1827.

Fuera del poder y con la conciencia del deber cumplido de manera amplia, se consagro a la vida privada. Poseía una amplia quinta que había heredado de sus padres y a ella se acogió. Sus enemigos se conjuraron para asesinarlo, y el Gobierno, para evitar el crimen, fingió su expulsión. En efecto, fue extraído de sus casa horas antes de aquella que los conjurados tenían señalada para consumar el delito y lo embarcaron para Europa (1820). En su ausencia fue objeto de los ataques más violento, máxime cuando estaban en el poder sus más encarnizados enemigos, como ocurrió en 1834. Entonces resolvió presentarse ante la justicia de su patria para que se le juzgara; pero no se le quiso oír. Es que los ataques eran el producto de las pasiones y no de legítima reacción contra desmanes o violaciones de la ley.

En la población uruguaya de Mercedes halló refugio algún tiempo; pero allí fue expulsado por el gobierno de Montevideo bajo la presión del de Buenos Aires. Después de algún tiempo de residir en Santa Catalina, se embarcó para España y se estableció en Cádiz, donde murió en 1845.

Rivadavia ha sido juzgado de manera contradictoria en su país. Su participación en el complot que derrumbó al gobierno de Las Heras le atrajo criticas acerbas, considerando que ese gobierno conducía al país por el camino del desarrollo democrático normal, el mismo que siguió el régimen del general Rodríguez, y que la subversión del orden regular apresuro la llegada del tirano Juan Manuel de Rosas al poder. Hay quienes lo consideran como el primer héroe civil de la revolución, como el más grande de sus estadistas. El historiador Vicente Fidel López hace de Bernardino Rivadavia un retrato a que pertenecen los siguientes rasgos:

“… espíritu visionario e infatuado, que inclinado a buscar lo absurdo del bien en las fantasmagóricas proféticas de su imaginación más que en el sentido práctico de los hechos y de los medios, había tronchado sin tino y sin estudio el lisonjero desarrollo con que el país marchaba, y aplastado los gérmenes benéficos con el peso desgraciado de su influjo.”

Interesado en el desarrollo de la riqueza minera Argentina, formó un consorcio con una firma francesa, que se llamó Sociedad de Minas Argentinas. Cuando estaba a punto de conservar la explotación, el revés político que sufrió su partido acabo con su proyecto y llevo al desastre a la empresa.

Físicamente Rivadavia era un hombre de figura antes bien desagradable y de rostro francamente feo; sin embargo, imponía respeto y aun inspiraba cariño por la gravedad de su porte, la bondad que traducían sus gestos y ademanes, y la riqueza de sus ideas y humana experiencia que reflejaba en la conversación. En sus años de Europa había tratado a personajes eminentes y leído sus obras, tales como Jeremías Bentham, Benjamín Constant, Stäel, lord Byron y otros. En los círculos sociales intelectualizados su presencia era estimada por la abundancia de conceptos, referencias y citas con que discurría; pero también se le marca con los adjetivos de infatuado y soberbio. Lo que no se puede negar es que Rivadavia profesó un patriotismo puro y que se esforzó por introducir en su país todos los adelantos que consideró útiles al bienestar inmediato de sus conciudadanos y a la grandeza futura de la República.  EDELBERTO TORRES.


BIBLIOGRAFIA

Vicente Fidel López: Historia de la República Argentina, Buenos Aires, 1917.
Carlos Pereyra: Historia de América, Madrid, 1920.

Bartolomé Mitre: Rivadavia (Conferencia), Buenos Aires.

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