jueves, 14 de enero de 2016

Andrés Bello
[1781 - 1865]



En cada dirección a que encaminaba su inteligencia dejaba la huella de un libro.

L
A PERSONALIDAD DE ANDRES BELLO es de tal magnitud que no es grande por la época en que nació ni por el escenario geográfico de países poco desarrollados culturalmente en que le toco desenvolver sus actividades. Bello habría sido grande en cualquier país europeo tanto por  la riqueza de su labor como por sus anticipaciones en el progreso científico y literario. Ante todo filólogo, poeta y jurista, su huella tiene profundidad tal que el tiempo no lo borra, y aun las ha dejado como filósofo, pedagogo, crítico y humanista.

            Bello nació en la década fecunda en que llegaron a la vida la mayor parte de los autores de la independencia de América Española. Esa década se extiende de 1780 a 1790. Los próceres de más edad nacieron poco antes, como San Martin en 1778, y los más jóvenes poco después, como Sucre en 1793. Bello vino a la vida en Caracas, Venezuela, el 29 de noviembre de 1781 y fue niño de precoz inteligencia. Fray Ambrosio López, hermano de su madre, lo comprendió así y se constituyó en su protector. Obtuvo fray Ambrosio de su colega fray Cristóbal de Quezada que lo iniciase en la lengua latina y le diese a conocer la gramática de la propia y los autores del Siglo de Oro. Pronto fue el niño un devoto de los grandes maestros del siglo XVIII, y en particular de Calderón de la Barca, cuyas principales obras leyó y releyó con un regusto que ya era síntoma claro del tesoro intelectual que en sí llevaba. También leyó tempranamente el Quijote y a los esclarecidos Luises, el de León y el de Granada. Sus progresos en el latín fueron tan rápidos que muy pronto pudo leer de corrido a Horacio y a Virgilio.

            Apenas había entrado en la adolescencia cuando, para ayudar a su padre en el sostenimiento de su familia, empezó a dar clases privadas, habiendo sido el futuro libertador Simón Bolívar uno de sus discípulos. Bolívar era solo dos años menor que él, pero culturalmente lo era mucho más, y Bello le explico Geografía. Como estudiante, él mismo emprendió las carreras de abogado y médico, simultáneamente, aunque no tenía afición para ninguna de ellas, circunstancia en que influyo su padre, que no veía con simpatía la carrera del foro.

            Gozando de reputación de joven ilustrado, serio y honesto, fue nombrado oficial segundo de la Secretaria de Gobernación y Capitanía General de Venezuela (1802). Ese empleo, dotado con 600 pesos anuales, era una ayuda oportuna para quien tenía que sostener a sus hermanas después de la muerte de su padre. Su laboriosidad, su corrección y su competencia en el manejo de su cargo le captaron la estimación de su jefe, el señor Vasconcellos, y así tenía asegurada la estabilidad del empleo y la relativa tranquilidad de su casa. Después recibió el nombramiento real de comisario de Guerra, que no era por cierto un cargo militar, en el cual el agraciado no habría merecido seguramente la misma estimación por su competencia, sino un cargo honorífico, algo como una condecoración, pero con dotación económica. Esa designación produjo en Caracas, en los círculos sociales y del gobierno, gran sensación. Los españoles residentes que consideraban que esos honores des correspondían por derecho propio, no dejaron de expresar su asombro, su desagrado y envidia. La muerte de su jefe y amigo Vasconcellos significo la falta de sostén en las esferas oficiales, y pronto se hizo sentir su efecto.  Sin salario regular, la suerte de su familia se tornó oscura y los apremios de la necesidad obligaron al joven Bello a multiplicar su actividad para procurarse ingresos. Obtuvo el nombramiento de secretario de la Junta Central de Vacuna y distribuía el tiempo entre  las funciones secretariales, la lectura y la composición de poesías ocasionales con motivo de sucesos públicos y sociales, como la inauguración de alguna obra pública, un cumpleaños, una boda, una defunción. La mayor parte de esos ensayos poéticos no los conservó el autor ni ha sido posible recuperarlos. Enamorado de los clásicos latinos, sobre todo de los dos grandes soles, Horacio y Virgilio, los traducía e imitaba.

            Después de 1805 empezó Bello a estudiar las intimidades del idioma, impulsado por la vocación que le proporcionaría los máximos frutos. El primero de estos fue el memorable Análisis ideológico de los tiempos de la conjugación castellana, que empezó a hacer en 1810 y que no habría de terminar y publicar hasta treinta años después, en 1840, lo que indica que se trata de un estudio largamente madurado y una de las más revolucionarias de sus obras, como más adelante tendremos ocasión de hacerlo ver. Varias veces se publicó en América y una edición se hizo en Madrid en 1883.

            El año 1810 fue trascendental para la vida de Venezuela y para la persona de Andrés Bello. El movimiento independentista se inició entonces, y la Junta de Gobierno que se organizó dispuso organizar una comisión a Inglaterra compuesta de los jóvenes patriotas Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello. Como en la época actual de Washington, era entonces Londres el punto de mira de los políticos americanos, y el objetivo era obtener recursos para luchar contra España. El jefe de la delegación, Bolívar, no se había tomado la molestia de conocerlas instrucciones que la Junta les había dado y que el portaba. Aquella, discretamente, no aludía ningún propósito de independencia, sino al empeño de cooperar en la lucha contra Napoleón y arrojarlo de España, en donde había impuesto como rey a sus hermano José. Bolívar en cambio estaba dominado por la idea de independencia, y esa fue la que expuso en la entrevista que los comisionados tuvieron con el primer ministro inglés. Este hizo ver al fogoso joven Bolívar la contradicción que había entre lo que el acababa de expresar y lo que las instrucciones decían. Fracaso, por tanto, la flamante delegación, y Bello decidió quedarse en Londres. Había de ser una permanencia de diecinueve años. Una circunstancia más feliz habría sido aquella que lo hubiera conducido a Madrid, capital del idioma como residencia de la Real Academia Española; pero Londres tenía la ventaja de ser un ambiente cultural más amplio, y Bello lo aprovecho a maravilla, no solo apropiándose de su lengua, sino también del pensamiento filosófico expresado en ella, especialmente el de la escuela escocesa. Allí trabo amistad con lord Holland y con los españoles Bartolomé Gallardo y José María Blanco White y otros. Una de las primeras adquisiciones que hizo en esa nueva etapa de su vida fue el aprendizaje del griego, que realizo con pasmosa rapidez, leyendo en sus textos  a Homero, Platón y Esquilo. Pero su vida londinense no era todo deleite, o mejor dicho no lo era nada, sino al contrario, vida de penas y luchas contra la adversidad; sin embargo, los goces del espíritu los tenía al alcance de su cerebro en el Museo Británico, que fue su universidad. Allí paso innumerables horas consultando incunables y hasta obras no impresas, cuyos originales se conservan y que son poemas de la alta Edad Media y aun de la época en que iniciaban las lenguas romances. Las cuestiones filológicas fueron las que atraían más su atención; pero también se proporcionaba solaz componiendo poemas que resultaron ser los más hermosos de su inspiración. Contrajo matrimonio con una joven inglesa que compartió su modesto vivir y más tarde su relativo bienestar. En su matrimonio hubo dos hijos, Juan y Carlos, que llegaron a ser ciudadanos útiles, escritores y hombres públicos.

            Varias publicaciones dirigió en la capital inglesa. En 1820 apareció El Censor Americano; en 1823, Biblioteca Americana, y en 1826, Repertorio Americano, que fue el más importante, porque en el dio a la estampa algunos de sus estudios y poemas más valiosos.

            Por varios años fue Bello secretario de la Legación de Colombia, es decir, de la Gran Colombia, o sea la federación que constituyo Bolívar con Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.

            El guatemalteco Antonio José de Irisarri, ministro de Chile ante la Corte inglesa, conoció a Bello e íntimo con él por la común afición filológica. Irisarri invito a Bello a que se trasladara a Chile  y lo recomendó al Gobierno para que aprovechara sus talentos. Así fue como se trasladó al país sudamericano el ilustre humanista. El Gobierno de Chile lo nombró oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores, en donde llego a ser una viviente obra de consulta desde las cosas rutinarias hasta los grandes problemas de la política internacional.  Pronto empezó a irradiar saber en el medio social de Santiago de Chile. Fue miembro de la Junta de Instrucción Pública, aunque su función oficial más importante era la de consejero del Gobierno. Pero, como decimos, eso era en el orden oficial, que en lo privado Bello se dedicaba a las labores que harían inmortal su nombre como filólogo. También trabajaba en otras disciplinas como las jurídicas y las filosóficas, revelando en todas aptitudes tan sobresalientes cual si fuese un especialista consagrado a cada una de ellas.

            El Gobierno de Chile le encargo la redacción de El Araucano, y en él publicó su hermoso proyecto de Código Civil, que es un monumento por la corrección, claridad y precisión de las fórmulas legales. Este trabajo fue un punto de referencia obligado para todos los legisladores civilistas de la América Española. En otro periódico, Crepúsculo, escribió diversos ensayos filosóficos y el importante fruto de investigaciones literarias que tituló Sobre los orígenes de las novelas de caballería e influencia de la poesía germánica sobre la poesía romana. Emprendió Bello un trabajo hercúleo, que aún hoy es asombro de los más competentes investigadores de los monumentos literarios medievales, cual fue la reconstrucción del Poema del Cid. De esa época es su obra filosófica Ensayos sobre el entendimiento humano, con la influencia de Hamilton y Mill. Pero la obra cumbre, la que tiene por siempre su nombre unido a la cultura idiomática española, es la Gramática de la lengua castellana para uso de los americanos, y por lo mismo nos detendremos en resumir más adelante las principales novedades de ese tratado. Esa obra monumental de Bello fue publicada en 1847. La Real Academia Española, aunque no aceptó las importantes y bien fundamentadas innovaciones de Bello, lo honró con el nombramiento de miembro honorario.

            La labor de docente de Bello en la capital chilena es de las más fecundas que se han hecho en país alguno americano. Primero impartió lecciones privadas; después, en el Colegio de Santiago, enseño Derecho Romano, Sociología, Derecho internacional y Humanidades. Prodigaba su saber y continuaba estudiando aun disciplinas que parecían más ajenas a sus intereses intelectuales inmediatos; pero es que se daba cuenta de su misión creadora de cultura en Chile y por eso irradiaba hacia las más diversas direcciones. Así nos explicamos que fuera la misma pluma que escribió el Código Civil y la Gramática la que escribiera también un tratado de Cosmografía. Otro de sus  trabajos idiomáticos fue la Ortología métrica, que publico en 1836.

            En 1843 el Gobierno chileno se dedicó a crear la Universidad que Bello propugnaba y de la cual fue nombrado rector, pronunciando en la inauguración un magnifico y extenso discurso en que presento un exaltado panorama de las ciencias y trazó la trayectoria que el nuevo instituto debía seguir. La creación de esa Universidad fue la culminación de la labor docente de Bello y el pedestal de su gloria de civilizador.

            Como laboriosísimo trabajador, ya hemos dicho que se ocupaba simultáneamente en diversas ramas científicas, y en cada dirección a que encaminaba su inteligencia dejaba la huella de un libro. Los Principios de Derecho internacional fueron acogidos con el más halagüeño beneplácito en todos los países americanos y aun en varios extranjeros a cuyos idiomas fueron vertidos. Bello fue uno de los primeros tratadistas que hicieron una exposición congruente, armónica y metódica de reglas y prácticas de derecho internacional que estaban dispersas en leyes, reglamentos y correspondencia diplomática y tratados internacionales. La obra ha sido reeditada muchas veces y aun hoy se lee con provecho. Siempre con intención docente con que redacto las citadas obras, escribió también Historia de la literatura (1850), que fue una de las últimas obras que salieron de su fecunda pluma.

            La vida luminosa del insigne humanista se apagó el 15 de octubre de 1865, provocando un duelo profundo en Chile, que fue también duelo general de todo el mundo de habla española.

            Sus funerales fueron de una extraordinaria solemnidad y se hicieron por cuenta del  Estado chileno. Una plaza de la ciudad de Santiago recibió su nombre y por suscripción popular se erigió una estatua en la entrada del edificio del Congreso.

            Al cumplirse el primer centenario de su nacimiento, el Gobierno dispuso la publicación de sus Obras completas, las cuales aparecieron en 15 volúmenes, y comprenden: Filosofía del entendimiento, Estudios sobre el Poema del Cid, Poesías, Gramática castellana, Opúsculos jurídicos, Derecho internacional (en tres volúmenes), Opúsculos científicos y Miscelánea.

            ¿A quién pertenece la gloria de Bello? Puede pensarse que a Colombia, mejor dicho, a la Gran Colombia, o sea a la república federal creada por Bolívar con las que fueron provincias españolas de Venezuela, Virreinato de Nueva Granada y Ecuador. Bello, en efecto, nació en Venezuela, que es el otro país que tiene derecho a llamarlo suyo, y fue ciudadano y funcionario de la Gran Colombia y es, por tanto, grancolombiano; pero es Chile el país de su polivalente actuación y a ningún otro está más vinculada su vida. Por cierto que pocas veces se ha visto un acuerdo tan armonioso entre las condiciones de un país y las aptitudes de un hombre. Chile y Bello se complementaron admirablemente. Aquel era un país pobre e inculto, pero dotado de seriedad, de amor al progreso, al orden y a la cultura, y éste era un espíritu precisamente serio, profundo, generoso y sabio en muchas ramas de la sabiduría humana. Chile acogió a Bello con cordialidad y Bello se dio a Chile todo entero en vida, pensamiento y obra. Su ideología era conservadora, pero no intransigente. Respetaba la tradición, era católico practicante, amaba el idioma religiosamente; peor había recibido el racionalismo del siglo XVIII y tenía el espíritu abierto a la luz en todas direcciones. Por eso en materia idiomática, si escribió con la intención de conservar puro el tesoro de la lengua, no repugnaba la introducción de neologismos necesarios y ajustados a la índole del castellano. No era, pues, un intransigente à outrance. El gran Domingo Faustino Sarmiento, que tenía también pasión civilizadora, pero violenta, devastadora de lo viejo, estuvo emigrado en Chile y polemizó con Bello. Eran dos temperamentos antagónicos. Sarmiento creía que la labor de Bello era perjudicial para un pueblo joven que necesitaba cultivarse por dentro, porque le parecía que se ocupaba exclusivamente de lo epidérmico, de las formas correctas del decir. En verdad, Bello se ocupaba de eso, pero no solo de eso. Había recibido honda influencia de la cultura inglesa, grave, objetiva y empírica, y estos rasgos no faltan ni en las obras escritas ni en los empeños docentes llevados a cabo en Chile.

            El inmenso desarrollo de la ciencia hace ya imposible que se produzcan casos de polígrafos como Bello, y menos aún en grado eminente en cada uno de sus aspectos. Como hemos dicho, fue poeta, filósofo, pedagogo, gramático, jurisconsulto, crítico literario, poliglota, investigador literario y científico y ante todo humanista. Cultivó la poesía casi desde la infancia, ya como creador, ya como  traductor. El poeta se imponía al traductor, haciendo verdaderas creaciones o re-creaciones del original en vez de meras versiones. Eso ocurrió de manera notable con La prière par tous, de Víctor Hugo, que al convertirse en La oración por todos resulto ser un poema realmente propio, que con razón se atribuye a Bello sin alusión al poeta francés. De Hugo tradujo también Olimpio, Les Fantômes, Les Dijinns, fragmentos de las Orientales, Nibelungen y Moisés sur le Nil; de Delille, puso en castellano parte de los Jardines y La Lumière; de Virgilio, la égloga segunda; de Plauto, Rudens; de Byron, Sardanapalo y Marino Faliero; del italiano Boyardo, Orlando enamorado. En la mayor parte de estas  traducciones Bello exhibe una destreza técnica admirable, y en algunos casos, como ya se ha hecho notar, la belleza de la versión aventaja a la del original.

            Sin embargo, es como poeta original como Bello alcanza sitio cimero en el parnaso americano, y antes del advenimiento de la escuela modernista se le considero como el primero de sus poetas. De su primer época, que corresponde a su vida venezolana, queda un soneto A la victoria de Bailén, que el autor consideraba como uno de sus poemas mejores; pero son los que escribió en Londres, en plena madurez de su vida, los que le han dado inmortalidad poética. Parece que Bello tuvo la intención de escribir un grandioso poema americano, acaso una gran epopeya, intención de que lo distrajeron las múltiples actividades a que siempre estuvo dedicado. Las Silvas americanas, dos poemas o dos fragmentos de un gran poema, Alocución a la poesía y Silva a la agricultura de la zona tórrida, es lo que queda como únicos testimonios de  aquel elevado empeño. De estas dos composiciones, es la Silva la que se reproduce obligadamente en todas las antologías de poesía mexicana. No es la altura de la inspiración, lozana por cierto, la que le da valor, sino la perfección técnica de la versificación, la riqueza del vocabulario y las imágenes creadas con elementos de la naturaleza americana. Con la Silva, la flora de América se convirtió en materia poética. Es cierto que ya existía la Rusticatio Mexicana del guatemalteco Landívar; pero este escribió en latín, y por eso sus poetizaciones de nuestra flora son tan extrañas para nosotros como las Églogas de su maestro Virgilio. Estimables son también las Fabulas y aun las poesías de ocasión.

            La obra del jurista quedo encarnada principalmente en el Código Civil de Chile y los Principios de Derecho internacional, y en los archivos del Gobierno chileno existen millares de documentos redactados o corregidos por Bello y en los cuales quedó impreso el sello de su sabiduría jurídica y la rectitud de su juicio. Su reputación de sabio en esas materias y de hombre honesto fue tan grande que se le escogió como árbitro en la controversia de los Estados Unidos y el Ecuador (1864), y en la de Colombia y el Perú (1865). Caso igual y honra semejante no la ha tenido ningún hombre en este continente.

            Más de treinta años ejerció Bello el magisterio en Chile. Tanto por la influencia inglesa como por las necesidades del medio chileno, su preocupación fue lo práctico y lo concreto, es decir, lo útil. Esta preocupación se observa aun en sus escritos, que carecen de galas literarias, atento al orden, a la sencillez y sobre todo a la claridad. Así era también en sus exposiciones de catedra y en su conversación.

            Si los trabajos enunciados hasta aquí bastan para dar a Bello un lugar  destacado en la evolución de la cultura hispanoamericana, aún hay otros a que hacer referencia, que conducen el ánimo hasta el asombro. Tal es por el caso la reconstrucción del Poema del Cid, que emprendió equipado con el estudio profundo del castellano antiguo y las notas que había tomado en las bibliotecas inglesas sobre ese épico poema español. Sus dotes de versificador y aquel conocimiento le permitieron recrear las formas perdidas, confundidas o tergiversadas por un torpe copista, y Bello acertó en la generalidad de los casos y algunas veces de forma tal que más tarde se vieron confirmadas las intuiciones suyas y las formas adoptadas. Solo esta empresa es suficiente para dar inmortalidad a un investigador; pero tenemos que referirnos todavía a la más grande y gloriosas de las empresas suyas, cual es la Gramática Castellana.

            En 1847 publicó Bello su celebérrima Gramática, que a pesar de no haber sido adoptada en su fondo doctrinario y en sus numerosas conclusiones por la Academia, no envejece ni envejecerá por mucho tiempo, por lo menos el tiempo en que el idioma permanezca con su estructura peculiar. Los métodos científicos del siglo XVIII, especialmente los de la ciencia experimental, dieron a Bello la pauta para trabajar con el material idiomático. En efecto, estudio las voces castellanas y las clasificó como un naturalista los animales y las plantas, de manera que por primera vez se aplicó el criterio experimental al español para elaborar su gramática. Primeramente estudio el castellano por sí mismo sin preocuparse de las gramáticas particulares de las demás lenguas romances y sobre todo prescindiendo de la gramática latina, que había sido el modelo de Nebrija y los subsiguientes autores; prescindiendo también del significado ideológico de las palabras, fijándose en su función, exclusivamente, para clasificarlas; y además se fundó en el uso erudito y general para determinar la legitimidad de las mismas.

            Casi no hay aspecto de la Gramática que Bello no innovara, sea en cuanto al concepto, en cuanto a la definición, a la nomenclatura y a la clasificación. Desde muchos antes de la publicación de la Gramática estuvo trabajando en cuestiones ortológicas y sintácticas. Su atención recorrió toda la gama de problemas, desde la ortografía hasta la oración. Sus innovaciones ortográficas no se han generalizado. Él proponía el uso de la j en vez de x y g (jénero, jitano); la y en vez de i cuando esta tiene sonido de vocal (rei); abolición de la h muda (aora); el uso de la rr cuando tiene sonido fuerte (rrosa); uso de la z en el sonido suave de la c (zelo); supresión de la u cuando acompaña a la q (qímica); uso de la q en vez de c fuerte (quanto), y eliminación de la que acompaña a la g (gerra). Su clasificación de las palabras comprende solamente siete partes de la oración: sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, preposición, conjunción e interjección. Como se ve, omite el artículo y el pronombre, que considera como nombres, y el participio como forma verbal. En donde más aguzó su ingenio Bello fue en el estudio del verbo y donde su éxito fue más completo, pudiéndose calificar de genial lo que sobre ese punto hizo. Muy lógica es la clasificación de los tiempos del verbo y la designación de los modos. Considera dos modos genéricos: el indicativo y el subjuntivo, aquel como modo de afirmación y éste, como modo de subordinación. El modo subjuntivo lo subdividió en subjuntivo común, que se caracteriza por llevar expreso un verbo determinante: quiero que vengas; subjuntivo optativo, que expresa deseo, pero con elipsis del verbo determinante: nada te aparte de tu propósito; tercero, subjuntivo hipotético, que, como su nombre indica, expresa hipótesis o condición: si viniere, dile que me aguarde; y el imperativo en el modo subjuntivo, por su parentesco con este y por no ir subordinado a palabra alguna. Pero donde el sentido lógico se destaca mas es en cuanto a la distribución de los tiempos en los modos. Los tiempos simples del modo indicativo son: Presente, pretérito, futuro, copretérito y pospretérito. El sentido de los tres primeros es claro por si mismos; el copretérito expresa una acción pasada efectuada al mismo tiempo que otra o acción que era habitual, y el pospretérito una acción que ocurrió después de otra también pretérita. Los tiempos compuestos llevan los mismos nombres precedidos de la palabra ante, porque expresan algún grado de antelación respecto de otra acción, y son: antepresente, antepretérito, antefuturo, antecopretérito y antepospretérito. Los tiempos del subjuntivo son: Presente, pretérito primera forma; pretérito segunda forma y futuro hipotético, y los tiempos compuestos se designan con los mismos términos precedidos de la palabra ante, tal como se hace con los del indicativo.

            La conjugación de los verbos irregulares condujo a Bello a un descubrimiento que es  el más interesante de cuantos realizó en el campo del idioma: es el fundamento de la clasificación de los 2000 verbos que comprende. En efecto, encontró algo que es verdadera ley de la conjugación de los verbos irregulares. Dicha ley consiste en que siempre que un verbo experimenta anomalía en alguna de sus formas, la padece también en otras determinadas. Llamo formas o inflexiones afines a esos grupos de anomalías y encontró que son seis, y apoyándose en esto distribuyo todo los verbos irregulares en doce clases más un grupo de verbos irregulares suelto.

            Las concepciones gramaticales de Bello, aun después de los procesos que la Academia y muchos filólogos han logrado, son las más claras, las más lógicas, como que están fundadas en la propia naturaleza del idioma y en el proceso histórico de su formación. Quiere esto decir que trabajó con criterio científico a la vez que con profundo conocimiento del terreno en que lo hacía. En diversos problemas filológicos se anticipó, con las soluciones que propuso, a la filología contemporánea. Por eso sus conclusiones tienen todavía validez en la generalidad de los casos, y es natural que por lo mismo se le siga considerando como una de las grandes autoridades del  idioma en el mundo de habla española. –EDELBERTO TORRES.


BIBLIOGRAFIA

M.L. Amunátegui: Vida de Andrés Bello, Santiago de Chile, 1884.
Miguel Antonio Caro: Estudio biográfico y crítico, Bogotá, 1882.
Marco Fidel Suárez: Estudios gramaticales, Madrid, 1885.


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