domingo, 20 de diciembre de 2015


Bernardino Rivadavia
[1780 - 1845]



Sembrador de la grandeza argentina.

L
A HISTORIA DE LA REPUBLICA ARGENTINA es de las más ricas en sucesos, hombres y enseñanzas entre las veinte republicas hispanoamericanas. La primera parte del periodo independiente es de una truculencia extrema y la llena especialmente la siniestra figura del tirano Juan Manuel de Rosas; sin embargo, ese tiempo se ilumina por la presencia en la oposición de hombres que harían honor a cualquier época histórica. Y la misma concurrencia de hombres ilustres se advierte en el periodo inmediato anterior, el de la lucha por la independencia, en el que ocupa el punto cimero el general José de San Martin.

            Don Bernardino Rivadavia es el más notable entre los hombres civiles que figuran en los anales de los primeros esfuerzos por organizar constitucionalmente la nueva República, cuyo primer vagido en la vida libre fue el Cabildo abierto del 25 de mayo de 1810.

            Rivadavia nació en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780, en el hogar de don Benito Gonzales de Rivadavia, español y españolista intransigente, vecino porteño importante, que fue regidor del noble Ayuntamiento de aquella capital.

            Don Benito confió la primera educación de su hijo a un clérigo ilustrado, el doctor Marcos Salcedo, quien lo inicio en las letras profanas y sagradas. El despejo intelectual del pequeño requería un cultivo superior, y para procurárselo ingreso en el famoso Colegio de San Carlos, casa de estudio que era el sitio de confluencia de los jóvenes de las clases sociales predominantes, españoles y criollos.

            El Colegio  de San Carlos, de Buenos Aires, era, como los establecimientos similares de otras partes del mundo español, un repositorio de los métodos y enseñanzas medievales; pero al finalizar el siglo xviii sentía el influjo del desarrollo científico de Europa. El plan de estudios que siguió Rivadavia deja ver esa situación, que era de tránsito a la reforma que se operó después de 1830. En San Carlos, Rivadavia estudió Latín, Retórica, Filosofía, Teología y Física.

            En 1806, cuando el inglés Beresford llevó a cabo el ataque a Buenos Aires, el joven Rivadavia cursaba todavía en San Carlos. Ese suceso fue el primero que despertó el espíritu público subconsciente que llevaba en sí, y se puso al servicio de la ciudad natal. Los ingleses repitieron el ataque en 1807 a las órdenes de Whitelock, obedeciendo a un plan británico de dominación de las colonias españolas de América, y el Río de la Plata era el primer objetivo. En esa emergencia Rivadavia participó como capitán del “regimiento de Gallegos”  y cumplió su deber al lado de los valientes, entre quienes se contaron mujeres y hasta niños. La expulsión de los invasores fue el premio del arrojo bonaerense.

Fueron alma de la defensa de Buenos Aires contra Whitelock el virrey, don Santiago Liniers, y el alcalde, don Martin de Alzaga, francés aquel y español este. Liniers había alcanzado la dignidad que gozaba al servicio de España, especialmente por la defensa de Buenos Aires. Pronto Alzaga se puso en contra suya impulsado por su españolismo irreductible, que le hacía ver en Liniers un enemigo de la causa de España, siendo aquel francés y estando este país invadido por Napoleón. Rivadavia tomo partido por Liniers contra Alzaga, considerando que los antecedentes del virrey eran una garantía para Buenos Aires si no para España.

La corriente de ideas independentistas tenía caldeados los ánimos en 1810. Igual que en el resto de la América española, la agitación aparente la provocaba la fidelidad al rey Fernando VII, prisionero de Napoleón, y por tanto el repudio al rey intruso, José Bonaparte. En el fondo de la conciencia criolla latina latía el deseo de independencia, bien que entre los más representativos la posibilidad de la forma republicana no era admitida. Los patricios del Plata sinceramente querían un gobierno monárquico, como organización política garante del orden y del progreso.

El pueblo de Buenos Aires se pronunció decididamente por la independencia en el Cabildo abierto celebrado el 25 de mayo de 1810 y se acordó la creación de un gobierno con el nombre de Junta Gubernativa Provisional del Rio de la Plata. La suerte estaba echada; pero nadie previó las tendencias que pugnarían por imponerse. La lucha interna que se desató fue intensa, compleja y cruenta. Hasta allí (1810) Rivadavia no aparece en primera fila. El brillante Mariano Moreno, con su increíble actividad y su vasta fertilidad mental, es el centro de convergencias de las aspiraciones más dignas. Moreno tuvo algo que ver con Rivadavia con motivo de un litigio comercial ante un tribunal. Don Mariano pronunció allí un discurso violento y mordaz contra su adversario, don Bernardino, cuyo nombre yacía aun en la oscuridad, de la cual acaso no habría salido pronto si la muerte no quita de su camino al invencible rival.

Pero al año siguiente (1811) un nuevo gobierno formado por tres vocales y tres secretarios ejerce el poder, y Rivadavia ocupa la cartera de Guerra, Gobierno y Hacienda. A duras pruebas hubo de enfrentarse ese régimen. Primero fue una sublevación de criollos y después de españoles; ambas fueron sofocadas con cruda energía, y una de las víctimas fue don Martin de Alzaga. Otra de las medidas que dictó Rivadavia fue la que permitió regresar a los criollos que habían sido expulsados por los españoles. Toda su labor administrativa y política es la de un convencido independentista, de uno que tiene conciencia de que una nueva nacionalidad esta en formación. Algunas de esas disposiciones tenían el más alto valor humano, como fue aquella que prohibió el tráfico de esclavos en todas las Provincias del Ríos de la Plata. De gran importancia para el desarrollo económico fue el decreto sobre la libertad de comercio, y como conducente a afirmar la independencia y abolir las supervivencias del antiguo régimen, prohibió el usual paseo del estandarte español que se hacía en conmemoración de la conquista.

Las Provincias del Rio de la Plata se hallaban en guerra con Brasil con motivo de la banda oriental del Uruguay, que ese vecino codiciaba. La victoria favoreció a las armas argentinas en Ituzaingó; pero el diplomático rioplatense doctor Medrano firmo un tratado de paz que fue considerado depresivo para el país vencedor. Una violenta reacción fue la respuesta del país, y el triunvirato fue arrojado del poder (1812). Se convocó una Asamblea General Consultiva de las Provincias del Rio de la Plata, la cual encargo el poder a un Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.

Los próceres argentinos, sin excluir a San Martin, consideraban como una política prudente establecer una monarquía constitucional, aunque el rey fuera el mismo Fernando VII. También pensaron seriamente poner su patria bajo la protección del Imperio Británico. Con este fin, Rivadavia y Manuel Belgrano tuvieron entrevistas en Rio de Janeiro con lord Strandford (1814). Don Bernardino y don Manuel siguieron hacia Londres a proseguir las gestiones proteccionistas, y luego Rivadavia solo a Paris y Madrid (1816).

Llego a España en los días en que el rey ingrato y cruel, Fernando VII, desplegaba el más brutal despotismo. No había, por consiguiente, ambiente propicio para los propósitos que lo llevaban allá, no podía ser grato a su temperamento, en que el equilibrio de la moral, las ideas liberales y las aspiraciones de la libertad formaban el sólido centro de su carácter. Logró, no obstante, prestar un servicio a su patria, contribuyendo a impedir que salieran fuerzas de Cádiz contra Buenos Aires.

Los agentes del absolutismo trataron de ganarse a Rivadavia; pero éste, reservado, cauteloso y previsor, no se comprometió, aunque no dejo de usar el término sumisión cuando de la persona de Fernando se hablaba. El plan argentino consistía en coronar al infante Francisco de Paula. Sarratea, otro diplomático argentino, extremista en ese designio, hasta había concebido y propuesto el proyecto de raptar al infante y llevarlo a Buenos Aires para ser coronado. Rivadavia no llegaba al delirio para asegurar el orden y el progreso en su país. Por eso ni se inclinó a la causa del Deseado, apodo que los leales dieron a Fernando VII durante su cautiverio, ni comprometió la de la independencia, que era la condición sine qua non de las instrucciones que llevaba. En el orden del cuerpo de representantes ante la Corte era el número 38, cifra secreta de identificación y con el cual era recibido por el Ministro, don Pedro Cevallos.

En Madrid estaba Rivadavia el 9 de julio de 1816, cuando, en Tucumán, un Congreso Constituyente proclamo la independencia absoluta de las Provincias del Rio de la Plata. Ese trascendental pronunciamiento ocurría en el momento en que su agente en Madrid llegaba al convencimiento de la inutilidad de sus gestiones. La corrupción del Corte era total, y la abyección de los hombres del absolutismo, la más vergonzosa. Cierto también que el 75 por ciento del país ardía en descontento y que las conjuras contra tan oprobioso régimen eran frecuentes, aunque, desgraciadamente, ahogadas en sangre. No tuvo Rivadavia que apresurar su retiro de España, porque una orden real le ordenó salir.

En 1820 estaba de nuevo en Buenos Aires. La fisonomía política había cambiado considerablemente como consecuencia de la aplicación de la Constitución de 1813. La célebre Constituyente que la elaboro estaba formada en gran mayoría por masones de la logia Lautaro, replica de la que existía en Londres, y en la que fueran iniciados San Martin y muchos otros próceres sudamericanos. En la Constitución policita que promulgaron quedaron trazados todos los rasgos de una nación independiente, menos la propia declaración de independencia, que, como ya se dijo, se hizo el 9 de julio de 1816. Sin embargo, en dicha Constitución se abolió la soberanía del rey y fue transferida al pueblo, los escudos reales fueron retirados y los títulos de nobleza suprimidos; fue abolida la Inquisición y los tormentos para averiguar y sancionar delitos; la nueva moneda llevaría el escudo de armas argentino en vez de la efigie del rey; ordeno el establecimiento de una justicia nacional y decretó la bandera nacional, blanca y celeste.

Al llegar Rivadavia al solar nativo lo encontró, pues, en una nueva fase de su organización constitucional, aunque la agitación política era efervescente. La pugna entre la capital y las provincias era el problema más grave y la fuente más fecunda de asonadas y choques sangrientos.

El director supremo, general Rodríguez, nombro a Rivadavia ministro de Gobierno, y uno de sus primeros pasos fue enviar a la Asamblea el acuerdo por el cual aquel rehusaba continuar usando los poderes discrecionales que se le habían confiado. Después desplego una actividad fecunda para mejorar la administración pública, aplicando los conocimientos y observaciones que había hecho en Europa, particularmente en Francia e Inglaterra. Allí había estudiado a los escritores políticos del liberalismo y visto con ojo atento el mecanismo oficial, con la intención de europeizar la vieja estructura colonial o más bien rehacerla. Importante fue el establecimiento del sistema representativo, un paso hacia adelante en la implantación del régimen democrático. Estableció un Registro oficial y elaboro un proyecto de ley de amnistía; reformó los cementerios y mercados; fundó la estadística oficial, una verdadera novedad de la época, así como el Archivo Nacional; reorganizó la Policía; se ocupó de la reforma de los conventos y monasterios, que allá, como en el resto de América, no eran centros de verdadera edificación moral; dispuso la construcción del Palacio Legislativo, que es el que aun ocupa la Cámara de Representantes; la educación pública mereció especial atención, considerándola como la más perentoria atribución del Estado y como la primera de las necesidades populares; dispuso la construcción de iglesias en los campos e inicio la construcción de la catedral de Buenos Aires; creo el departamento de ingresos del gobierno. Existía en Buenos Aires una Sociedad Literaria, y él organizó una Sociedad de Beneficencia de Distinguidas Damas; para aquella creó un premio anual y proveyó de subsidios a la segunda, a cuyo cuidado puso la casa de expósitos.

El nombre de Rivadavia está vinculado a la cultura superior como fundador de la Universidad de Buenos Aires. Fue una reforma similar a la que se hizo por la misma época, en lo general, algunos años después, en varios de los países americanos. El Claustro universitario reconoció aquel magno acto de Rivadavia y lo condecoró con el título de doctor.

El Gobierno del general Rodríguez fue de los más brillantes durante el período revolucionario; era él un hombre modesto, honrado, dotado de un amor patrio profundo, sin pretensiones de dominar todo el arte del gobierno, y por eso le gustaba oír las opiniones de los demás y adoptarlas si las creía realizables. Ayudado por sus grandes ministros Rivadavia y Manuel José García, aquel en la cartera de Gobierno y este en la de Hacienda, pudo llevar a cabo una labor tan variada como la que hemos señalado, a la cual todavía podemos agregar la creación del Banco de Descuento, el Registro Grafico de la Provincia de Buenos Aires, medidas favorables a la inmigración, trabajos de canalización del rio de la Plata y construcción del puerto marítimo de ultramar; en lo urbanístico hizo rectificar y ampliar las calles de la capital, construir plazas y jardines públicos; acordó la vacuna obligatoria; puso en circulación moneda menor de cobre; estableció en la Universidad las cátedras de Economía Política y Derecho administrativo y mando publicar los anales de la primera década de la Revolución. Desde 1813, Rivadavia se había preocupado por perpetuar el recuerdo de las primeras gestas revolucionarias, siendo secretario del triunvirato, y dicto el acuerdo para que se escriba la Historia filosófica de la Revolución de Mayo con el fin de “perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de los hijos de la América del Sur”.

El sucesor de Rodríguez fue el general Juan Gregorio de las Heras, el 2 de abril de +o1824. Rivadavia fue llamado a ocupar un cargo en el gabinete; pero no acepto y se embarcó para Europa. Allá estaba cuando recibió el nombramiento de ministro residente en Londres. Su principal gestión fue el canje del tratado entre Argentina e Inglaterra por intermedio de sir Woodvine Parish, y después regreso, ya que su viaje había tenido un propósito de descanso, para librarse de las fatigas de la enconada lucha política de los partidos y de su intensa obra administrativa.

Pero la carrera política de Rivadavia no había terminado ni llegado a su cenit. En 1826 fue electo presidente de la Republica, y aunque no pudo gobernar más de un año, fue asombrosa su labor y es un reflejo de lo que habría hecho en una época normal y en todo el periodo presidencial que le correspondía.

Como los hombres de la Convención francesa, Rivadavia creyó imposible el régimen democrático en un pueblo ignorante, y por eso puso un empeño que puede calificarse de heroico en la difusión de la instrucción. No había maestros en suficiente número para atender las necesidades culturales en todos los centros de educación que fundó, y entonces los contrató en el exterior, seleccionándolos por su saber y antecedentes morales. Tuvo la visión de la futura riqueza pecuaria e introdujo ejemplares de ganado menor y mayor de las mejores razas. Ya se sabe lo que ha llegado a ser la Argentina en cuanto a ganadería, o sea uno de los primeros productores del mundo; pues bien, uno de los agentes de ese pasmoso desarrollo ganadero fue Rivadavia. Hizo perforar muchos pozos artesianos. El proyecto del canal de los Andes fue considerado no solo como una utopía, sino como una increíble locura, que revelaba desconocimiento del territorio, de la magnitud de la empresa y de las dificultades técnicas que ofrecía. Comisionó al general Alvear para reorganizar el ejército, y aquel lleno su misión tan cumplidamente que la fuerza armada estuvo en disposición de triunfar sobre el ejército brasileño. El estado de las Provincias, que estaban en poder de caciques sanguinarios, malogró el propósito de establecer un servicio eficiente de correos. La ley de Consolidación de la deuda de Estado fue juzgada mal bajo el ambiente adverso de la crisis económica que afligía al país, y es que a la vez se sostenía la guerra civil en el interior y otra nacional en el exterior contra el Brasil. Por la ley de 13 de marzo de 1826 fueron nacionalizadas las aduanas y los impuestos que producían. Muy avanzada fue la disposición de poner las escuelas primarias bajo el control de la Universidad, como un medio de asegurar la continuidad regular de los estudios.

Los críticos del gobierno de Rivadavia lo acusaban de intervenir en detalles nimios de la vida municipal, como, p. e., en las ventas de comestibles; que tenía que ver en la determinación del ancho de las veredas, en la forma de las casas, puertas y ventanas; en la marca, peso y venta del pan; en que se pusiera alumbrado o no en tal barrio o calle, en este o aquel pueblo.

Estimuló el incremento de la pesquería y el laboreo de las minas. Fue Rivadavia quien inició la independencia de Montevideo y uno de los representantes –quizá el que más- que se esforzaron por organizar constitucionalmente la República. Ya durante el gobierno de Rodríguez había promovido la reunión de un Congreso con representantes de las Provincias que decretó la ley Fundamental de 23 de enero de 1824. Esa ley ha sido calificada de simple estatuto provincial destinado únicamente a “legalizar la anarquía”. Creó el Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas e inicio la erección de Buenos Aires como capital federal, nacionalizando su distrito. El pensamiento de Rivadavia consistía en “dar a todos los pueblos una cabeza”, como el mismo decía. Dicha Constitución fue, sin embargo, rechazada tanto por las Provincias como por Buenos Aires. Esta la repudio porque la privaba del monopolio y predominio de que gozaban sus comerciantes, y los caciques provinciales, porque explotaban mejor a sus respectivas Provincias en el aislamiento.

Sin desistir del generoso y superior empeño de dotar de una ley orgánica a la Nación, ya en la Presidencia de la República convocó una Asamblea constituyente que promulgó la Constitución del 19 de julio de 1826; pero también fue rechazada. La animosidad de las Provincias contra la capital y el empecinamiento de los plutócratas capitalinos, tenaces en los manejos por conservar sus privilegios y hegemonía, imposibilitaban la comprensión de los verdaderos intereses comunes de Buenos Aires y de las Provincias. No sería sino a fines del siglo cuando desaparecería la contradicción con la nacionalización de Buenos Aires y la fundación de La Plata como capital de la Provincia. Por eso es hoy Buenos Aires la capital de la República, y La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.

Rivadavia se vio atacado encarnizadamente a dos fuegos: tanto en la ciudad capital como en las Provincias, y hombre civil y civilista, superior al ambiente político de su tiempo, renunció el 27 de junio de 1827.

Fuera del poder y con la conciencia del deber cumplido de manera amplia, se consagro a la vida privada. Poseía una amplia quinta que había heredado de sus padres y a ella se acogió. Sus enemigos se conjuraron para asesinarlo, y el Gobierno, para evitar el crimen, fingió su expulsión. En efecto, fue extraído de sus casa horas antes de aquella que los conjurados tenían señalada para consumar el delito y lo embarcaron para Europa (1820). En su ausencia fue objeto de los ataques más violento, máxime cuando estaban en el poder sus más encarnizados enemigos, como ocurrió en 1834. Entonces resolvió presentarse ante la justicia de su patria para que se le juzgara; pero no se le quiso oír. Es que los ataques eran el producto de las pasiones y no de legítima reacción contra desmanes o violaciones de la ley.

En la población uruguaya de Mercedes halló refugio algún tiempo; pero allí fue expulsado por el gobierno de Montevideo bajo la presión del de Buenos Aires. Después de algún tiempo de residir en Santa Catalina, se embarcó para España y se estableció en Cádiz, donde murió en 1845.

Rivadavia ha sido juzgado de manera contradictoria en su país. Su participación en el complot que derrumbó al gobierno de Las Heras le atrajo criticas acerbas, considerando que ese gobierno conducía al país por el camino del desarrollo democrático normal, el mismo que siguió el régimen del general Rodríguez, y que la subversión del orden regular apresuro la llegada del tirano Juan Manuel de Rosas al poder. Hay quienes lo consideran como el primer héroe civil de la revolución, como el más grande de sus estadistas. El historiador Vicente Fidel López hace de Bernardino Rivadavia un retrato a que pertenecen los siguientes rasgos:

“… espíritu visionario e infatuado, que inclinado a buscar lo absurdo del bien en las fantasmagóricas proféticas de su imaginación más que en el sentido práctico de los hechos y de los medios, había tronchado sin tino y sin estudio el lisonjero desarrollo con que el país marchaba, y aplastado los gérmenes benéficos con el peso desgraciado de su influjo.”

Interesado en el desarrollo de la riqueza minera Argentina, formó un consorcio con una firma francesa, que se llamó Sociedad de Minas Argentinas. Cuando estaba a punto de conservar la explotación, el revés político que sufrió su partido acabo con su proyecto y llevo al desastre a la empresa.

Físicamente Rivadavia era un hombre de figura antes bien desagradable y de rostro francamente feo; sin embargo, imponía respeto y aun inspiraba cariño por la gravedad de su porte, la bondad que traducían sus gestos y ademanes, y la riqueza de sus ideas y humana experiencia que reflejaba en la conversación. En sus años de Europa había tratado a personajes eminentes y leído sus obras, tales como Jeremías Bentham, Benjamín Constant, Stäel, lord Byron y otros. En los círculos sociales intelectualizados su presencia era estimada por la abundancia de conceptos, referencias y citas con que discurría; pero también se le marca con los adjetivos de infatuado y soberbio. Lo que no se puede negar es que Rivadavia profesó un patriotismo puro y que se esforzó por introducir en su país todos los adelantos que consideró útiles al bienestar inmediato de sus conciudadanos y a la grandeza futura de la República.  EDELBERTO TORRES.


BIBLIOGRAFIA

Vicente Fidel López: Historia de la República Argentina, Buenos Aires, 1917.
Carlos Pereyra: Historia de América, Madrid, 1920.

Bartolomé Mitre: Rivadavia (Conferencia), Buenos Aires.

viernes, 4 de diciembre de 2015

José de San Martin
[1778 - 1850]



La guerra no es más que una necesidad dolorosa.

E
n el Yapeyu, territorio de las antiguas misiones jesuitas, nació el 25 de Febrero de 1778  José de San Martin, “hombre envuelto en el misterio”, que diría el historiador alemán Gervinus, y militar extraordinario cuyas hazañas fueron dignas de un Washington o un Bonaparte.

            Fue su padre don Juan de San Martin, capitán español nacido en tierra leonesa, y la madre llevaba por linaje sangre de conquistadores. Habíase criado el niño entre indios y mestizos, a la sombre de palmas y urundayes, en aquella población misionera de la cual era su padre teniente gobernador.

            La Luz se apaga en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecen entrar por la ventana de la casona con oficios de palacio donde habita la familia. Una vieja mucama silenciosa va encendiendo los velones que ilumina la estancia. El niño de tres años, apoyado en las rodillas del padre, juguetea con el sable.

            Solícita, la madre previene que el chiquillo puede hacerse daño, más el capitán sonríe. Le agrada aquella precoz inclinación del niño por las armas. “Será general”, piensa con orgullo mientras se regodea en íntimas imaginaciones.

            A este pequeño de ojos profundos, guardianes celosos del secreto de su alma y “que casi nunca ríe”, le fascinan las armas y los caballos. No será un maturrango y nadie superará su destreza en el manejo del sable o de la lanza.

            Seis años cuenta cuando la familia, abandonando el Yapeyu, se traslada a Buenos Aires y, pasados dos más, parte hacia España. Llegados a Madrid, ingresa el niño en el Seminario de Nobles, donde aprende música, dibujo y retórica; recibe clases de baile, esgrima y equitación, y algo de geografía, historia natura, física y matemáticas.

            Aquello no es para él, y a los once años sienta plaza de cadete en el regimiento de Murcia, vistiendo el uniforme blanco y celeste, los mismos colores de la bandera que años más tarde paseará victorioso por tierra americana.

            La escasa edad no es obstáculo para que el cadete intervenga en diversos combates. Pelea contra los moros en Melilla y luego en Orán. Es un  subteniente de quince años cuando las tropas de Napoleón invaden España.

            Este oficial adolescente toma parte en las batallas de Bailén, Tudela, Albuera y Arjonilla, recibiendo como premio a su heroísmo una condecoración y el grado de teniente coronel.

            El general venezolano Francisco Miranda había fundado en Londres una sociedad secreta llamada “Gran Reunión Americana”. A ella estaba vinculada la de “Lautaro o Caballeros Racionales”, con sede en la capital española, y cuyo fin era agrupar a todas las personas nacidas en América dispuestas a trabajar por la liberación de las colonias americanas. Entre sus miembros figura José De San Martin, teniente coronel del glorioso regimiento de Sagunto.

            Al estallar en Buenos Aires la revolución del 5 de mayo de 1810, San Martin embarca con Alvear, el patriota ambicioso, para ofrecer su espada a la insurrección naciente. El acto heroico de renunciar al brillante porvenir que se le ofrecía en la madre patria no lo supieron comprender en un principio los argentinos rebeldes, e inmediatamente aparecen las sospechas y desconfían de él, creyéndolo espía de los españoles.

            La fama de su arrojo y pericia consigue vencer, finalmente, toda suspicacia. El Gobierno de los patriotas acepta sus servicios en el grado de teniente coronel y le confía la organización de un regimiento de granaderos a caballo.

            Escoge los oficiales entre sus amigos, todos gente de casta, y a los soldados entre los gauchos “de talla y robustos”. Con Alvear, que es sargento mayor del regimiento, y con el peruano Monteagudo, funda la logia secreta “Lautaro”, nombre del célebre caudillo araucano que en tiempos de la Conquista murió en defensa de la libertad de su pueblo. El fin de esta sociedad es “trabajar con plan y sistema por la independencia de América y su felicidad, obrando con honor y procediendo con justicia”.

            El mismo enseña a los hombres de su escuadrón el manejo del sable. Quiere “soldados de pies a cabeza”, disciplinados y valientes. Dicta a los oficiales un severo código de honor, mostrándose inflexible con los cobardes, así como con cuantos cometen trampas en el juego,  son capaces de divulgar un secreto o no ayuden al compañero en peligro.

            De este regimiento que con tanto amos y cuidado va a formar el caudillo, surgirán más tarde diecinueve generales y más de doscientos jefes y oficiales. Pero si, como buen militar, se muestra severísimo en todo lo que atañe a la disciplina, no puede negársele una gran humildad. Para San Martin, la guerra no es más que una necesidad dolorosa; por ello, una vez terminada la batalla, jamás se negara a facilitar víveres frescos a sus enemigos para alimento de los heridos y enfermos. Evitará siempre con todas sus fuerzas todo derramamiento de sangre y toda crueldad inútiles, y hasta cuidara de que al herrar la mula o el caballo lo hagan con piedad.

            A propósito de sus sentimientos, profundamente humanos, uno de sus biógrafos refiere la siguiente anécdota:

            Encontrándose San Martin en Mendoza, recibió en cierta ocasión la visita de un  oficial, habilitado de su regimiento. El oficial acude a él para rogarle que le ayude a salvar su honor seriamente comprometido, y le confiesa que, arrastrado por la pasión del juego, ha perdido una cantidad que le pertenece a la caja del regimiento.

            San Martin, sacando del bolsillo la cantidad citada por el oficial, se la puso en las manos diciéndole:

-          Tome, devuelva el dinero a la caja, y guarde bien el secreto que acaba de confiar al ciudadano San Martin, porque si el general San Martin llegara a enterarse lo mandaría fusilar en el acto.

“Sin disciplina no hay ejército”, y tampoco sin valor, de ahí que “solo quiera leones en su regimiento”, y para probar la valentía de sus oficiales los somete a asaltos y emboscadas, eliminando a todo aquel que da muestras de cobardía.

Al llegar a Buenos Aires, San Martin tiene treinta y cuatro años. Comienza a frecuentar algunos salones en la capital, y el que con mayor asiduidad visita es el de la familia Escalada. Una de las hijas, María de los Remedios, que aún no ha cumplido 15 años, se enamora del bizarro militar. La diferencia de edad no es obstáculo para la boda, que tiene efecto tres meses después. Esta hermosa y abnegada niña, que jamás disfrutara de la felicidad de un hogar tranquilo, será una esposa fiel y entusiasta patriota, dispuesta a ayudar a su esposo en todo momento.

El Gobierno revolucionario no contaba con más fuerza para oponerse a los realistas que el ejército del Norte, al mando del general Belgrano, en tanto que los españoles eran dueños de los mares, haciendo sentir su dominio hasta en las márgenes del Plata y el Paraná.

En enero de 1813, el gobierno de los patriotas tiene noticia de que los realistas preparan una expedición al Paraguay. San Martin recibe orden de seguir a la escuadra por tierra y atacar cuando la expedición desembarque. Oculto con su tropa en el convento de San Lorenzo, espera al enemigo. Son ciento veinte hombres contra trescientos, pero los granaderos del héroe de Arjonilla y Bailen son impacientes por demostrar el provecho sacado de las lecciones del maestro. Siguiendo las órdenes de su jefe se dividen en dos escuadras que, “a lanza y sable”, caen sobre los desembarcados. Un casco de batalla hace rodar muerto al caballo de San Martin. Preso bajo el caballo, no cesa de dar órdenes hasta que un grupo de realistas se acerca dispuesto a matar al jefe caído, que se defiende como un bravo. Uno de sus granaderos, le libra del caballo, y San Martin salva, pero el granadero, que ha recibido en el lance dos heridas mortales, muere “contento porque han vencido”.

El combate fue breve. Derrotados los realistas, los patriotas regresan a Buenos Aires con la bandera enemiga, dos cañones y cincuenta fusiles.

San Martin ha obtenido en San Lorenzo una doble victoria: la derrota del enemigo que asolaba las riberas del Paraná, y la de los ruines que le acusan de espía de los españoles.

Al finalizar aquel año, llegan a Buenos Aires noticias alarmantes: el general Belgrano ha sido derrotado, y el Gobierno encomienda a San Martin la misión de ir en su ayuda.


Por disposición del gobierno revolucionario, San Martin se encarga de organiza el ejército del Norte. Una vez organizado, dentro de la más estricta disciplina, traza sus propios planes. Para defender la frontera - piensa- se bastan los gauchos. Cierto es que no saben manejar ni el sable ni el fusil, pero no tienen rival tirando de lazo y en boleadoras y, por si fuera poco, aman la libertad más que su propia vida.

En efecto, las previsiones de San Martin se cumplen, y los gauchos, al mando de Güemes, desempeñan su papel a las mil maravillas. Mientras, el coronel liberará a Chile para lanzarse luego hasta el Perú. Como primera providencia pide al gobierno de Buenos Aires que le confíe el gobierno de Cuyo y aquel accede a su petición. En tal destierro va a levantar el general su fortaleza y desde allí hará sentir su benéfica influencia a toda América. Con el ejército organizado en tan apartada región, ha de realizar el milagro de cruzar los Andes. El héroe sueña y oye “la voz del destino que le llama”.

Una vez nombrado gobernador de Cuyo, San Martin escribe a su mujer, que se halla en Buenos Aires con sus padres, para que venga a vivir con él. Le va a ser muy útil para cultivar la amistad de las familias cuyanas, cosa importante dentro de sus planes.

No tardan en granjearse – ambos esposos – las simpatías de todas las clases sociales, desde los potentados hasta los humildes. Y cual si fuera un cuartel, comienza la reorganización de la región. San Martin reglamenta el trabajo haciendo desaparecer la desocupación y la ociosidad. El mismo da ejemplo trabajando más que nadie. Conquista a todos y llega a ser una especie de rey sin corona. A veces es un poco duro, pero todo se lo perdonan. Saben que los rige con cariño y que persigue un fin nobilísimo.

Hace justicia guiándose del criterio natural. “Aquí el único obispo soy yo - dice al cura - ; predíqueme que es santa la independencia de América.” Y si la “chacarera” murmura de la patria, “que pague una multa de diez docenas de calabazas para el rancho de los soldados”. Este mismo sentido de la justicia le lleva a apropiarse del dinero destinado a una redención de cautivos, pues ese dinero le servirá a él “para redimir a otros cautivos”. Y hasta a una testamentaria le exige tributo, porque “¡más habría dado el difunto para la revolución!”.

Trabaja de sol a sol y se dispone a formar el nuevo ejército con idéntico brío con que formo a sus granaderos en Buenos Aires. Cuyo salvará a América.

Cuando pide al Gobierno revolucionario dinero para equipar su ejército, se le contesta que no hay dinero, recomendándole que “pordiosee”. Lo único que pueden mandarle son cuatro mil frazadas, quinientos ponchos, unas mil arrobas de “charqui”, doscientas tiendas de campaña y dos mil sables.

¿Qué se puede hacer con esto? Sin embargo, San Martin no se desanima. Confía en el pueblo, que lo dará todo.

Los padres ofrecen a sus hijos y las mujeres sus joyas. “Tengo trescientos sables arrumbados en el cuartel - dice en una proclama - . El que ame a la patria y al honor, que venga a tomarlos.”

Al siguiente dia cada sable será empuñado por un valiente. Reduce los sueldos a la mitad, y el suyo primero. “El lujo y las comodidades – dice – deben avergonzarnos”.

Personalmente cuenta las balas y las pistolas, crea un laboratorio de explosivos y una maestranza que dirige un fraile inventor, fray Luis Beltrán, nombrado coronel. Allí se fabrican cañones con las campanas, puentes colgantes para atravesar los ríos, máquinas para subir los cañones hasta las cimas de los montes, herraduras, rifles, bayonetas y sables.

También cuida de establecer un código militar y crea un cuerpo médico y una academia para oficiales. Apenas sale el sol, acude a entrenar a sus reclutas. Bebe en sus cantimploras, celebra sus proezas y les infunde ánimo. Todo dentro de la mayor disciplina.

Hay una anécdota que pone de manifiesto el espíritu de justicia que animaba a San Martin. Al crear el laboratorio de explosivos, una de las primeras medidas fue disponer que ningún oficial entrase con él con espuelas o botas claveteadas por temor a que la menor chispa que se pudiera producir por el roce ocasionase una catástrofe. Un día, el propio San Martin se presenta en la puerta del laboratorio calzado con espuelas pretendiendo entrar. El centinela se opuso.

- ¡Pero si he sido yo quien ha dado la orden y la puedo revocar!

- Hasta ahora no tengo otra orden, mi general.

El general no tuvo más remedio que cambiar sus botas por un par de alpargatas.

Al ser relevado el centinela, San Martin lo manda llamar, le felicita y, al darle la mano, le deja en ella una onza de oro.

Por este tiempo nace su hija Mercedes Tomasa, único consuelo en su adversidad; la hija amada que le hará feliz en la vejez.

El ejército está ya listo, y San Martin reúne a la oficialidad en un banquete donde brinda: “¡Por la primera bala que se dispare contra los opresores de Chile, al otro lado de los Andes!”.

Divide a los seis mil hombres en cuatro columnas y se lanza sobre la cordillera. Dos en medio y una en cada flanco. Delante, el fraile coronel con su grupo de barreteros, piqueta al hombro, llevando toda la maquinaria y los veintiún cañones.

Imponente, majestuoso, se alza el Aconcagua con su blanca corona de nieves.

Por fin llegan a Chacabuco, lugar de concentración de todos los patriotas, en las cercanías del camapamento enemigo.

Soler por un lado y el chileno O´Higgins por el otro, trepan la cuesta. Detrás, San Martin con su estado mayor. “Nada de apresuramientos, ni de iniciativa propia. ¡Obediencia!”, ordena el jefe.

Algunas refriegas en las avanzadas ponen en fuga a los realistas. El chileno, ansioso, se precipita a perseguir a los españoles. A punto esta de comprometerlo todo, pero la intervención de San Martin convierte lo que ha podido ser un desastre en una aplastante victoria.

La capital argentina acoge la noticia con entusiasmo delirante, y en Chile, la derrota realista se celebra con grandes júbilos y fiestas. San Martin renuncia a todos los honores que se le ofrecen. Tan solo le interesa el mando de las fuerzas en el ejército mixto de chilenos y argentinos, que se propone organizar para la marcha sobre el Perú.

Pocos días después de la victoria de Chacabuco, el general se presenta en Buenos Aires de incógnito, para que “nadie crea que va a recoger los laureles del triunfo”.

Se le asciende a brigadier general y no acepta. Rechaza todo agasajo y todo honor e insiste en que lo único que desea son soldados, armas, dinero para equiparlos y barcos. Quiere tomar Lima por tierra y por mar. Quiere rendir al Perú, último baluarte realista. “¡Mientras no tengamos Lima, la guerra no acabará!”.

El Gobierno tiene miedo. Han salido de Cádiz veinte mil soldados españoles. “¡Bah! - exclama el general -. ¡Fantasmas para asustarnos!”. Y no toma en cuenta las indicaciones que recibe. Es más, desobedece. Luego, cuando su estrella decline, querrán agarrarse a esta desobediencia para juzgarlo.

El 20 de agosto de 1820 zarpa de Valparaíso la escuadra libertadora del Perú. San Martin, generalísimo de la expedición, entrega el mando de la flota a lord Cochrane.

Más que armas, la empresa requiere astucia e inteligencia. Ambas cosas sobran a San Martin. Por otra parte, no es su meta la gloria militar, sino liberar al Perú y, a poder ser, sin derramamiento de sangre.

Sus deseos se cumplen, y en general, por disposición de la logia “Lautaro”, que “gobierna al propio Gobierno”, se hace cargo del Perú con el cargo de Protector. San Martin ha aceptado el sacrificio “para que el país no se vea envuelto en la anarquía”.

            Con la diligencia que lo caracteriza, principia su labor de gobernante. Más al poco tiempo tiene que enfrentarse a la tropa realista que marcha sobre Lima. La dispersa y toma, además, la fortaleza del Callao.

            Tal como lo había anticipado, San Martin permanece un año al frente del Gobierno del Perú. Durante este tiempo restablece la libertad de comercio, reorganiza la hacienda y el comercio, procede a abolir las leyes que imponen a los indios a la servidumbre y dicta numerosas leyes en bien de la nación.

            Después de la famosa conferencia con Bolívar en Guayaquil, San Martin se despoja de su banda blanca y roja ante el Congreso Nacional. El digno silencio que se mantiene da lugar a que calumnias de todo género se ceben en él. La verdad es que el Perú se lo deja a Bolívar, “que se lo ha ganado por la mano”, y él no quiere conflictos ni escándalos.

            Quienes hasta hace poco aclamaban y bendecían su nombre, ahora le aborrecen. No son capaces de ver que en la desgracia muestra una grandeza mayor y más segura “que la que en vano pretendió con la ambición”.

            San Martin, considerando cumplida su misión, se retira. Se retira perdonando a quienes le injurian, refugiándose en su “querida Mendoza”. Allí se propone instalarse con su esposa y su hija para dedicar sus últimos años a la agricultura y la vida sosegada.

            Cuando se dispone trasladarse a Buenos Aires para recoger a la familia, el gobernador de Santa Fe le comunica que en la capital le esperan para juzgarle. Dias después recibe la dolorosa noticia de que su esposa ha muerto.

            A pesar de las advertencias, se presenta en Buenos Aires en busca de su hija para irse a Europa. No teme que le enjuicien, y si lo hicieran, “Buenos Aires es la cuna de la libertad y hará justicia”.

            Se le recibe con indiferencia, más nadie se atreve a juzgarlo. Durante el poco tiempo que permanece allí, construye un sepulcro a su esposa en el que hace grabar la siguiente inscripción: “Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martin.”

            Con su hija, se establece en Bruselas, dedicándose por completo a la educación de esta. Vuelve en 1828 a la patria porque quiere terminar sus días en ella. Y encuentra que “sus hijos”, aquellos mismos oficiales que el adiestro, están empeñados en lucha fratricida. Lleno de dolor y tristeza retorna a Europa, y muere en Boulogne-sur-Mer, en su sillón de brazos, frente al mar, con la calma del justo y la serenidad majestuosa de las montañas andinas, testigos tantas veces de sus hazañas. – José RAMON ARANA.


BIBLIOGRAFIA

Bartolomé Mitre: La Historia de San Martin.

Ricardo Rojas: El Santo de la espada.